Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
«¡Bravo! ¡Bravo!»
Todavía resuenan los aplausos y los vítores en el Teatro Cervantes de Buenos Aires, y en las dos catedrales madrileñas del teatro clásico: el Español y la Comedia. El público, una vez más, se desgañita con entusiasmo ante su diva mientras la visten y ahogan de flores en el escenario. Nadie como ella fue capaz de interpretar el aliento dramático de los personajes de Lope, Calderón y Tirso de Molina, o de Zorrilla, Echegaray, Galdós y Benavente. Nadie se cansa de acudir año tras año al Español, cuando el 1 de noviembre se funde en el alma de doña Inés.
Fue su padre quien, al observar las dotes teatrales de su hija, la fue introduciendo poco a poco en un arte que vivía por aquellos años una de sus etapas más gloriosas. La llevó con él a las funciones más famosas de las compañías que actuaban en Madrid e hizo que estudiase arte dramático con la reputada Teodora Lamadrid. Debuta a losdiecisiete años con la obra Sin familia, de Miguel Echegaray, en el teatro madrileño de la Princesa; y en 1890, en el Teatro Español, con tan sólo veintidós años, será la primera actriz en la obra de Tirso de Molina El vergonzoso en palacio. Pero María quiso mejorar su arte. Por consejo del artista Emilio Mario se marchó a Francia, donde estudia con Coquelín en París, además de compartir cartel con la gran diosa del escenario, Sarah Bernhardt. A su vuelta a Madrid consiguió triunfos continuos interpretando el sinfín de papeles que completan su repertorio, entre los que destacan las protagonistas de Echegaray y Pérez Galdós, que la convirtieron en la artista más querida, incluso al mismo nivel que los más afamados cantantes de ópera y toreros del momento. Con semejante carrera, decide junto a su marido, el aristócrata y también actor Fernando Díaz de Mendoza, crear compañía propia. Conoció, igualmente, el éxito fuera de los coliseos madrileños. Desde 1897 viaja anualmente a la dinámica Argentina donde cosecha el cariño del público bonaerense en el Teatro Cervantes; y en 1898, emprende un largo periplo por Europa, en el que recoge los laureles en los escenarios de Génova, Roma, Turín, Milán o París.
Conservamos numerosos retratos de María Guerrero, entre los que destacan el que realiza Raimundo Madrazo en 1891, cuando la artista contaba veinticuatro años e interpretaba el papel de doña Inés en el Tenorio; o el que muchos años más tarde le pinta Joaquín Sorolla, en 1906, interpretando el papel de La dama boba de Lope de Vega. Daniel Vázquez Díaz, Anselmo Miguel Nieto o Ricardo Baroja también pintaron a la diva. Muy diferente es en cambio este retrato realizado por Emilio Sala en el que María Guerrero aparece como una niña, con tan sólo diez años. Fue regalo del pintor a su amigo, y padre de María, Ramón Guerrero, quien con tanto celo cuidó hasta el extremo la educación de su hija a la que introdujo en los círculos artísticos e intelectuales del Madrid del último cuarto del siglo xix.