Literatura
Por Marcelo Villena Alvarado
Ya en vida, además de un lugar privilegiado en la historia de la pintura boliviana, Arturo Borda (1883-1953) había logrado encarnar un personaje casi mítico de la bohemia paceña en la primera mitad del siglo veinte: rebelde y anarquista, artista excéntrico e incomprendido, genio autodidacta. De esta fama ha sufrido también, aunque esporádica y controversialmente, la obra que ha dejado Borda en el campo de la literatura: El Loco, ese legajo en tres tomos y 1653 páginas de narraciones, poemas, máximas y ensayos, póstumamente ordenado, editado y publicado en 1966 por los esposos Mesa Gisbert. A la primera recepción, preocupada no más que en el afán, a veces torpe, siempre insuficiente, de poner la etiqueta (ejemplar exótico del modernismo boliviano, postura clásica y de cortante distancia frente a los ismos de vanguardia, etc.), ha seguido el mutismo de los intentos por leer la literatura boliviana como expresión de sujetos y procesos nacionales y, finalmente, una más reciente aunque matizada celebración de El Loco como hito inaugural de modernidad literaria en Bolivia. Lo que llama la atención, sin embargo, pues es menos frecuente en la tradición vanguardista, es el hecho de que en El Loco Borda no sólo prevé sino también juega con todas las interpretaciones ejercidas posteriormente. En una palabra, juega con su después como si, a pesar del título y de la absoluta centralidad del personaje epónimo, el propósito de su monumental empresa de ruptura fuera el de un testimonio obsesivo de su propio agotamiento.
Si hay algo que articula los tres tomos de El Loco (digamos su fábula) son precisamente los destinos de «El Loco», entre comillas: especie de diario y proyecto del Libro, «infinito y eterno como la existencia», que el Loco (personaje) ansía escribir: uno de esos que se escriben cada varios siglos, uno de esos que no admite síntesis ni forma ya establecida pues es «el absurdo, lo incomprensible, el todo, la nada»; el libro donde además de reflexionar sobre el arte y la música, además de registrar ensueños e incidentes cotidianos, además de narrar idas y venidas de su cuarto a los extramuros, no deja de prefigurar el destino de su ineluctable desaparición. En efecto, pues en El Loco hay también una suerte de «ficción de la no ficción» que Borda tiende, aquí y allá, a través de los tres tomos, según el estricto y minucioso protocolo de la intriga policial. Con inspector y todo (Saúl A. Katari, más de la estirpe de un Erik Lönnrot que de la de un Dupin), es cuestión allí de la desaparición del inquilino de un caserón (al que todos llamaban el Loco) en cuya habitación se encuentran, en medio de un montón de cenizas, los restos de unas cuartillas (lo que queda de «El Loco», el libro que leemos). Katari no logra resolver el misterio de la desaparición del personaje, por supuesto; ni tampoco entender ese afán que tiene al protagonista de los escritos obsesionado por devenir nadie, nada, echando sombras, quietud y silencio, restando y borrando, por todas partes, todo rastro de identidad, de sentido.
Frente a semejante serie de anonadamientos, frente a semejantes anonadamientos en serie, Katari debía quedar también anonadado, por supuesto. No sin antes participar de un encuentro, sin embargo, un encuentro con una mujer que buscó contactarlo pidiéndole información sobre su pesquisa, preguntándole si había logrado identificar al autor de cartas y poemas en los que se la llamaba «Luz de Luna». Así, Katari supo que en su desesperado afán por reconocer alguna pista que la llevara hacia el Loco, la mujer había leído y releído las cartas que éste le mandaba; tanto, que había terminado copiando una de ellas, poniendo en verso lo que era prosa, y cosas por el estilo. Supo entonces que de ese libro infinito y eterno, de ese libro que era el Todo, la Nada, no quedaban sino, precisamente, esos otros escritos, esos escritos de otro.
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