Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Heracles, o Hércules, es un personaje mítico que encarna a la perfección el espíritu del Mediterráneo de la Antigüedad. Los trabajos que le encargó Zeus, su padre, le hicieron recorrer de punta a punta el mar sorteando toda clase de peligros y luchando contra monstruosos seres.

Francisco de Zurbarán (1580-1662): Hércules abrasado por la túnica del centauro Neso (detalle)
Tabla, 136 x 167 cm
Núm. de inventario: 1250
La figura de este semidiós tenía un remoto origen. Hay que remontarse a las culturas del Creciente Fértil, donde encontramos a su álter ego en Gilgamesh, rey de Uruk, un personaje legendario de la mitología sumeria que vive una gran epopeya. Heródoto buscó los orígenes del héroe griego en Egipto, donde lo consideraban un dios propio y muy antiguo. Desde allí y «con ánimo de obtener sobre el particular alguna información precisa de quienes podían proporcionármela —cuenta el historiador jonio del siglo vi a. C.— navegué también hasta Tiro de Fenicia, al enterarme de que allí había un santuario consagrado a Heracles [llamado por ellos Melkart]. Lo vi ricamente adornado y, entre otras muchas ofrendas, en él había dos estelas [betilos], la una de oro puro y la otra de esmeralda que de noche refulgía extraordinariamente. Al entrar, conversé con los sacerdotes del dios y les pregunté cuánto tiempo hacía que habían erigido el santuario; … sostenían que este había sido erigido al tiempo de fundarse Tiro y que hacía dos mil trescientos años que habitaban la ciudad». El Heracles egipcio debía proceder de esa antiquísima divinidad oriental. En Cádiz, la colonia fundada en torno al año 1000 por los fenicios, había un famosísimo templo conocido como Herakleion. Sobre sus puertas se labraron los trabajos de Heracles-Melkart y, aunque es imposible saber cómo eran, sin duda esas imágenes ayudaron a forjar la iconografía posterior de Hércules y a extender el mito entre las culturas peninsulares del i milenio a. C. Por ejemplo, el monumento funerario ibérico de Pozo Moro (Museo Arqueológico Nacional de Madrid), de hacia el 500 a. C., se decoró con unos relieves protagonizados por un héroe monstruoso que se empeña en unas tareas muy similares a las de Heracles, si bien estéticamente están muy alejados de lo clásico. Dos de los famosos trabajos se desarrollaron en el extremo más occidental del mundo conocido, en el enigmático Jardín de las Hespérides y en la cuenca del Guadalquivir, donde vivía el rico y cruel Gerión, rey de Tartesos, a quien Heracles robó su ganado. Sin duda, los aportes de fenicios, egipcios, tartesios e íberos contribuyeron a conformar la imagen antigua del héroe y a definir su personalidad política y religiosa.
Precisamente de las connotaciones políticas de los doce trabajos pintados por Zurbarán para el Salón de Reinos de Felipe IV se habló ya en esta misma sección (Hércules y el can Cerbero y el León de Nemea). En la serie figura también la perversa muerte del héroe: su esposa Deyanira, celosa y temiendo perder su amor, le entrega una túnica impregnada con la sangre del centauro Neso, creyendo que se trataba de una pócima amorosa como el centauro le había dicho. Éste se vengaba así de su asesino, Hércules, que le había clavado una flecha emponzoñada con el veneno de la Hidra de Lerna. Zurbarán muestra al alegre centauro al fondo y a Hércules, en primer plano, luchando desesperadamente por arrancarse la prenda que le abrasa.