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Martes, 18 de marzo de 2008

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Arte / Claroscuro

¡He aquí el hombre!

Por Marta Poza Yagüe

La aparición de Cristo en el Pretorio magullado, coronado de espinas, con manto púrpura sobre los hombros y un cetro de caña entre sus manos atadas como si de un rey de opereta se tratase, es un tema que se popularizará en el siglo xv, gracias en buena medida a la estrecha vinculación ideológica que se estableció entre el iconograma plástico del Ecce Homo y los principios del movimiento de la devotio moderna.

Ilustración. Luis de Morales, El Divino (ca. 1500-1586): «Ecce Homo» (detalle)

Luis de Morales, El Divino (ca. 1500-1586): Ecce Homo (detalle)
Tabla, 40 x 28 cm Núm. de inventario: 2770

Ya a finales del siglo xiv, y extendiéndose desde los territorios del Norte como los Países Bajos y Alemania hasta zonas más meridionales, se asiste al auge de una corriente espiritual que fomentaba, fundamentalmente, la práctica de una vida interior personal que reflexionara sobre la vanidad del mundo y la brevedad de la vida, teniendo como eje de meditación a Cristo sufriente en los episodios de la Pasión. Apelando de forma directa al sentimiento, se instaba a los fieles a «acompañar dolientes al Cristo doliente», flagelado, escarnecido y, finalmente, crucificado, para garantizar la Redención de toda la Humanidad. Textos como las Meditaciones sobre la Vida de Cristo del Pseudo-Buenaventura o, en España, la Vita Christi del Cartujano y su homónima escrita por Sor Isabel de Villena, se convirtieron en libros de cabecera que orientaron la vida espiritual de los fieles europeos en el ocaso de la Edad Media. Junto a ellos, no tardó el arte en encontrar unas imágenes apropiadas que, de forma visual, incidiesen sobre idénticos supuestos. Así se asiste al protagonismo —entre otros— de los Varones de Dolores, Piedades y Ecce Homos que, traspasado el umbral de la Edad Moderna, aún seguirán siendo abundantemente representados en los siglos posteriores.

Temas con fuerte carga emocional que requerían, por tanto, de una sensibilidad especial por parte de los artistas a la hora de ser pintados o esculpidos. Pocos lo lograron con tanta intensidad como el pacense Luis de Morales en este pequeño cuadro del Museo del Prado. En él, sin necesidad de recurrir a artificios dramáticos como el exceso de sangre o la visión exagerada del dolor físico, Morales supo transmitir como nadie la penetración espiritual y sentimental del episodio representado.

Casi de medio cuerpo y con el rostro bruscamente iluminado por un foco de luz frontal, la silueta de Cristo se recorta sobre un fondo neutro, oscuro, que cede todo el protagonismo al efigiado. Apenas unas gotas de sangre brotan de su frente; pero, bajo ellas, sus ojos miran fijamente al espectador convirtiéndose en el vehículo transmisor de los sentimientos del alma. Están cargados de dulzura; pero también de infinita tristeza: es el reflejo del sufrimiento por el que ha de pasar Uno para conseguir la salvación de todos. El cuerpo es de un modelado anatómico correcto. Las manos, cruzadas y atadas con una soga, sujetan una caña. Sobre los hombros, el tradicional manto púrpura ha dado paso a otro de color mucho más sobrio y contenido, evitando así estridencias cromáticas. De dibujo preciso, los perfiles se difuminan suavemente, denotando un conocimiento del sfumato leonardesco que tantas veces ha hecho suponer a los investigadores una posible estancia formativa en Italia de nuestro autor.

La tabla ingresó en el Museo del Prado en 1930, formando parte del Legado Fernández-Durán.

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