LITERATURA
Por Marcelo Villena Alvarado
Pasan muchas cosas en Los cuartos (1984), último relato publicado por Jaime Saenz (1921-1986), donde se narra de cosas que pasan en viejos caserones del centro paceño: lluvias, inundaciones, derrumbes y traslados en cujas y butacas; refacciones, nuevos trasiegos, muertes y cataclismos cifrados en un cerro vecino (El Calvario). Se narra de cosas que atraviesan puertas, ventanas y pasadizos mientras el alma de una anciana (la tía) se interna con su olor a vejez «en regiones oscuras, y en las que revelaba que tenía dos amores ultraterrenos». Opción decididamente rapsódica, se diría, en la que Saenz despliega no una historia, sino más bien un cosido de acontecimientos cotidianos. Algo de esto hay en Los cuartos, ciertamente, en nítido contraste con las monumentales novelas que Saenz escribiera antes según variaciones más o menos irónicas del Bildungsroman (Felipe Delgado; Los papeles de Narciso Lima-Achá). Para apreciar mejor la singularidad de esta novela corta, sin embargo, conviene detenerse en uno de esos episodios que, bien visto, discretamente ilumina todo el hilvanado.
Ocurre que «la señora» (la hermana de la tía), sus dos hijas y «el Ismael» («un hombre muy extraño; tenía no sé qué enigma ―mucha vida y mucha muerte—») se adentran en los cuartos «orillando el peligroso boquete, del que seguían brotando vapores deletéreos», y llegan hasta el ropero donde «la señora guardaba muchísimas cosas, a las que asignaba gran valor».
El Ismael pensó un momento; y con estatura de enano y con ánimo de titán, realizó una hazaña: Agarró una especie de barreta, y suspendió poco a poco la tabla lateral; Y para admiración de la señora, penetró en el famoso ropero, como quien nada hace;
[…]
El Ismael salió del ropero; y como lo notaron más pálido que un espectro, le dieron un vaso de agua, y le pusieron unas gotas de coca en la frente.
La señora le dirigió palabras de elogio, y le dijo que seguramente estaba molido; Y él se dio por ofendido, y declaró que no estaba molido, y que era más fuerte que el demonio.
Por supuesto, la comparsa que «orilla» el boquete y la hazaña en la que Ismael penetra en el ropero se ligan directamente con uno de los misterios que ocupan a la tía: «¿Cuál es el camino para orillar el Más Allá?». Pero el episodio sugiere también cierto giro que concierne a la escritura de Saenz, más allá de Los cuartos inclusive. Si en el hueco del ropero entra alguien («con estatura de enano y con ánimo de titán») y sale un personaje «más pálido que un espectro, molido» (es decir «hecho polvo», como quien coloquialmente dice cadáver), un personaje que dice ser «más fuerte que el demonio», eso que entra y sale del ropero ante las mujeres («la señora», recuérdese, la hermana de la tía: como quien dice la madre) ¿no alude acaso, según cristiana tradición, a ese cuerpo resucitado tres días después de muerto que sale del sepulcro sellado (como salió de un hueco en el que ningún hombre había entrado), que sale y habla ante las mujeres, precisamente, María y María de Magdala, entre otras?
Más allá de la dimensión místico-alegórica (medular en todo Saenz), cabe apreciar en esta inversión del mito (Ismael muere ocho meses después «del infortunado suceso»: «todo había cambiado») la opción con la que Los cuartos parece adoptar, en nítido contraste con las monumentales novelas, la ambigua lección de un adivino y falso profeta. Acerca del camino para «orillar» (no penetrar) el «Más Allá», Constantino Paucara sabiamente decía a la tía: «el verdadero camino, es el cuerpo de la muerte; y el falso camino, es la muerte del cuerpo». El cuerpo que entra y sale del ropero, entonces, no solo alude a esa «muerte del cuerpo», único y nudo de fundamentales contradicciones (dios y hombre, alma y cuerpo corruptible, padre e hijo, hijo de su propia hija, etc.), sino también a ese «cuerpo de la muerte» que amorosa, misteriosa y carnalmente atraviesa los cuartos sobreviviendo a todos con su olor a vejez.
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