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Martes, 11 de marzo de 2008

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Arte / Claroscuro

La resurrección de la carne

Por Marta Poza Yagüe

Hay obras que resultan inquietantes no solo por su tema, sino también por otra serie de datos ajenos, en principio, a la práctica artística. Así sucede con un lienzo del madrileño Francisco Collantes en el que, a la nunca grata contemplación de un nutrido grupo de cadáveres y esqueletos, se suma la circunstancia aleatoria del número que le correspondió al ser inventariado en el Museo del Prado: el apocalíptico 666.

Ilustración. Francisco Collantes (ca. 1599-ca. 1656): «Visión de Ezequiel: la Resurrección de la Carne» (detalle)

Francisco Collantes (ca. 1599-ca. 1656): Visión de Ezequiel: la Resurrección de la Carne (detalle)
Lienzo, 177 x 205 cm Núm. de inventario: 666

Elevado sobre una roca, un anciano de larga barba blanca dirige sus palabras, con gesto imperativo, a un sinfín de cuerpos retorcidos que comienzan a surgir de la tierra escapando de sus sepulturas. Desnudos, ofrecen en su apariencia distintos grados de descomposición de la carne. Unos son aún simples esqueletos; otros espectros cadavéricos en los que sólo una fina capa de piel evita la visión directa de los huesos; los más, no obstante, mantienen todavía su musculatura firme, aunque de tonalidad macilenta, lo que habilita al pintor para realizar precisos estudios anatómicos. Sus rostros están desencajados, pero miran al cielo alzando los brazos en señal de agradecimiento. No son facciones en absoluto individualizadas; se quiere dar la idea de masa, de colectividad abocada a un mismo destino, de la que forman también parte las riadas de esqueletos, apenas emborronados sobre la tela, que descienden desde las zonas altas de la composición. El episodio está tomado del capítulo XXXVII del Libro de Ezequiel, en el que se relata la Visión de los huesos secos. Ezequiel es el profeta encargado de mantener la esperanza del pueblo de Israel durante su cautiverio en Babilonia.

Allí, exiliado como sus compatriotas, será el destinatario de una visión divina en la que el propio Yahvé le mostrará la destrucción de sus opresores y la creación de un mundo nuevo, en lo que ha sido considerado como un precedente veterotestamentario de la Revelación del fin de los tiempos comunicada por San Juan en el Apocalipsis. Persecución de los tiranos, ruina de sus ciudades, aniquilación de los ídolos paganos... son sólo algunos de los momentos más dramáticos de su profecía, intensidad narrativa que llega a su culmen en el momento en el que Yahvé lo transporta hasta un valle cubierto de osamentas, despojos a los que vaticina su resurrección carnal como ejército victorioso de Dios:

Fue sobre mí la mano de Yahvé, y llevóme Yahvé fuera y me puso en medio de un campo que estaba lleno de huesos. Hízome pasar por cerca de ellos todo en derredor, y vi que eran sobremanera numerosos sobre la faz del campo y enteramente secos. Y me dijo: «Hijo del hombre, ¿revivirán estos huesos?». Y yo respondí: «Señor, Yahvé, tú lo sabes». Y Él me dijo: «Hijo del hombre, profetiza a estos huesos y diles: huesos secos, oíd la palabra de Yahvé. Así dice el Señor, Yahvé, a estos huesos: Yo voy a hacer entrar en vosotros el espíritu y viviréis; y pondré sobre vosotros nervios, y os cubriré de carne, y extenderé sobre vosotros piel, y os infundiré espíritu, y viviréis y sabréis que yo soy Yahvé».

El capítulo, entendido en su momento como esperanza inmediata para los israelitas del fin de su exilio y de su alzamiento como nación poderosa protegida por Dios, fue interpretado por los teólogos de siglos posteriores como anuncio de lo que ocurrirá el día del Juicio Final, con la Resurrección de la carne en cumplimiento de la promesa redentora de Cristo.

Collantes, experto paisajista y escenógrafo, ambienta el episodio en un marco arquitectónico dominado por arruinados edificios clásicos. Difuminados en sus contornos los que se encuentran más alejados, de nítido trazado y bruscamente recortados a contraluz los más inmediatos, unos y otros aún permiten ver en la lejanía un fondo de paisaje montañoso. Y, sobre ellos, un tenebroso cielo de nubes que se acercan amenazando tormenta. Sabiamente ordenado el juego de luces y sombras, la iluminación más intensa, incidiendo en los personajes más próximos al espectador, acentúa sobre sus carnes las notas sepulcrales que inspiran la composición.

El cuadro, firmado en el frente del túmulo entreabierto a la derecha (Franco Collantes ft. 1630), colgó hasta la guerra napoleónica de las paredes del Palacio de Buen Retiro. Saqueado por las tropas francesas, fue destinado en 1811 al Museo Napoleón. Devuelto por el país vecino en 1816, fue custodiado en la Academia hasta su traslado definitivo al Prado en 1827.

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