Literatura
Por Fernando Aínsa
Ismael (1888) forma con Nativa (1890), Grito de Gloria (1894) y Lanza y sable (1914) la tetralogía con la que su autor, Eduardo Acevedo Díaz (1851–1921) —un activo polígrafo, político y combatiente en las revoluciones que convulsionaron las últimas décadas del siglo xix— aspiraba a contribuir a la formación de la conciencia nacional. Fundador de la moderna historiografía uruguaya, Acevedo Díaz afirmó, sin embargo, que la novela histórica era superior a la historia porque «el novelista consigue, con mayor facilidad que el historiador, resucitar una época». Mientras este sólo hunde el escalpelo en un cadáver, el escritor «a la manera de Dios» reanima el pasado, para que siga actuando en el presente.
Ismael, el héroe que da título a la novela, es un gaucho mestizo que desconoce sus propios orígenes, probablemente de padre español y madre indígena. Nómada y vagabundo, huraño y solitario como todos los gauchos de la narrativa de Acevedo Díaz, Ismael llega un día a trabajar como peón en una estancia donde, a su pesar, se enamora de la hija del propietario, Felisa, cortejada a su vez por el «mayordomo» (administrador) del establecimiento, el español Almagro, con el que se enfrenta en un duelo criollo a cuchillo. Temeroso de las represalias de la justicia, como tantos gauchos cuya tradición recoge la literatura rioplatense (basta recordar a Martín Fierro), Ismael se refugia en el monte y se convierte en «matrero» y, poco después, se incorpora a las huestes capitaneadas por José Gervasio Artigas que recorren los campos de la Banda Oriental del Uruguay invitando al alzamiento contra el régimen colonial. Tras combatir en los campos en ebullición revolucionaria Ismael regresa triunfante a la estancia donde había trabajado, convertida ahora en un desolado erial y descubre que Felisa ha muerto trágicamente al defenderse del mayordomo Almagro.
Estamos en 1811, una fecha clave de la historia uruguaya. La novela reconstruye episodios emblemáticos de la independencia, como el Grito de Asencio y la batalla de Las Piedras, y reencarna personajes históricos como Fructuoso Rivera y su hermano Félix, Lavalleja, José Artigas y su hermano Manuel Francisco. Sin embargo, no todo es acción en esta novela. Acevedo Díaz representa la vida del campo, cuya naturaleza describe con morosidad y una profunda vivencia interior, para enfrentarla a la vida ciudadana en Montevideo. Las discusiones teóricas y filosóficas de los doctores urbanos se oponen a la acción de los grupos de los gauchos revolucionarios, dialéctica que más allá de la antinomia «civilización–barbarie» acuñada por Sarmiento, se reflejó en la propia vida del autor: un universitario citadino que tomó las armas en el campo. Aunque su experiencia vital es perceptible, en ningún momento asume abiertamente una opinión a favor de uno u otro de los bandos enfrentados.
Con un rigor sociológico heredero del positivismo, más que del romanticismo al que la épica homérica que invoca como modelo podía conducirlo, Ismael es una novela inspirada en la tradición de Galdós y Tolstoy. De ahí la intensidad y fuerza de su prosa convertida, apenas publicada, en un auténtico «romance americano», tal como lo habían proyectado infructuosamente los románticos del Salón Literario en Buenos Aires. Desde entonces Ismael es arquetipo del gaucho que combate, con sus luces y sombras, por la independencia de su tierra.
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