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Martes, 27 de marzo de 2007

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ARTE / Claroscuro

Diego Polo

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Qué poco seguimos sabiendo de algunos de nuestros pintores del Siglo de Oro; Diego Polo es un buen ejemplo de ello. De origen burgalés, nació hacia 1610 y, tal como nos dice Antonio Acisclo Palomino, murió muy joven: hacia 1655. Su formación se relaciona con el círculo de Eugenio Cajés. Fue uno de los mejores continuadores del arte veneciano en la corte madrileña. Pudo aprender su colorido y su técnica suelta  durante su estancia en El Escorial, donde tuvo oportunidad de estudiar y copiar a Tiziano, con quien se le llegó a confundir, en la atribución de alguna obra. También estuvo trabajando en el Alcázar. Poco más se puede decir por ahora.

En este lienzo vemos la iconografía típica de San Roque, junto a su perro y un ángel que cura la llaga de su pierna. Según la leyenda nació a mediados del siglo xiv con una pequeña cruz roja sobre su pecho en la localidad francesa de Montpellier. Tras quedar huérfano y después de repartir sus bienes entre los pobres, se dirigió a Roma en peregrinaje. En su camino se encontró con la ciudad de Acquapendente, en los Apeninos, afectada por la peste. Allí consoló a los apestados e incluso los curó haciéndoles la señal de la cruz, pero terminó contagiándose con la terrible enfermedad. Se apartó dentro de un bosque para no contagiar a nadie y para pasar sus últimos momentos en soledad. Fue asistido por un ángel que le cuidaba su herida y por un perro que le llevaba diariamente una ración de pan, tomado de la mesa de su amo. Después de curarse volvió a Montpellier, donde fue encarcelado tras ser denunciado por espía. Murió irradiando una luminosidad sobrenatural.

En la leyenda de San Roque encontramos elementos muy parecidos a los de otros santos. Su perro nos recuerda al cuervo que alimentaba a San Pablo ermitaño o al profeta Elías, y su propio regreso al lugar natal nos trae a la memoria la historia de San Alejo. San Roque se convirtió en el santo protector de la peste, relevando desde finales de la Edad Media en esta función a San Sebastián. Su culto se extendió a lo largo del siglo xv, y su fama fue creciendo a lo largo de los siglos, hasta que en el siglo xvii el papa Urbano VIII Barberini decidió canonizarlo y elevar su culto a los altares.

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