ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
El 3 de febrero de 1621, tras seis largos meses de asedio, se rendía a las tropas españolas la ciudad renana de Juliers (Jülich), en lo que supuso la primera gran victoria militar del reinado de Felipe IV. La trascendencia del hecho determinó su inclusión dentro del programa laudatorio del monarca, diseñado por Olivares para decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. El encargo recayó en Jusepe Leonardo, quien ejecutó aquí una de sus obras más bellas.
Para reproducirlo, el pintor bilbilitano recurrió a un esquema codificado de representación de ceremonias de rendición. En el primer término, la entrega simbólica de las llaves de la ciudad. En un plano intermedio, los sitiados abandonando la villa por el puente levadizo, ya que el foso aparece inundado, sin los honores «de banderas desplegadas, mechas encendidas y balas en bocas» que se estipulaban en el tratado de rendición. En el fondo, amplios paisajes difuminados.
Los protagonistas del episodio son los mismos que inmortalizó Velázquez en otro gran lienzo del ciclo, La rendición de Bredá. Por parte española, Ambrosio de Spínola, Marqués de los Balbases; encabezando a los holandeses, Mauricio de Nassau. Pero el espíritu que anima ambas obras es diametralmente opuesto. Frente a la misericordia y consideración hacia los vencidos expresada en el cuadro velazqueño, Leonardo opta por resaltar la exaltación del triunfo y la humillación. A la izquierda, a caballo, con las lanzas y estandartes en alto, las tropas españolas asisten al momento en el que Spínola, inclinándose sólo lo imprescindible, se dispone a recibir las llaves de manos de su oponente. Éste, apeado de su montura y acompañado sólo por unos cabizbajos escuderos, se nos presenta arrodillado en tierra, con el bastón de mando y su sombrero depositados sobre el suelo como signo ostensible de rendición.
Pero, por su mirada altiva hacia el espectador, otro parece ser el personaje que ha captado la atención prioritaria del artista. En el extremo izquierdo del lienzo, sobre un caballo blanco, destaca la presencia de D. Diego Felipe Mexía de Guzmán, futuro Marqués de Leganés y primo del Conde Duque de Olivares —no se nos olvide, responsable del proyecto de Buen Retiro—. Realmente, su participación en la campaña bélica no fue tan destacada como para merecer el honor de aparecer efigiado a la derecha de Spínola en el lienzo conmemorativo. Pero la casualidad y, por qué no, un guiño del pintor hacia su pagador, le hicieron un enorme favor. Junto a Ambrosio de Spínola, el auténtico artífice de la victoria española fue un noble valón, el Conde Enrique de Bergh quien, tras colaborar en los triunfos de Jülich y de Bredá, se pasa de bando en el verano de 1632. Tras esta traición, era impensable su presencia en el lienzo, quedando así el camino despejado para la inclusión del familiar de Olivares.
La composición es equilibrada, elegante; el color refinado, aplicado con una pincelada fluida; y en la reproducción de algunos esquemas, Leonardo refleja la huella de alguno de los pintores más importantes de su tiempo. Si el caballo que monta Spínola nos remite directamente a Rubens, la personalidad de Velázquez se reconoce fácilmente en el aspecto del servidor español que, de pie, mira al espectador junto a las patas del caballo de Mexía de Guzmán.
En El Prado, además de este lienzo, se conserva un dibujo preparatorio, llegado al Museo como parte del legado Fernández Durán.