ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Desgraciadamente según nos adentramos en las galerías profundas de la Historia del Arte, poco a poco vamos perdiendo la rica documentación escrita de los tiempos modernos, que nos permiten conocer concienzudamente los diferentes oficios y técnicas artísticas. Los tratados, cuando raramente existen como aquellos de Vitrubio, Cennino Cennini o del monje Teófilo entre otros, y sobre todo las imágenes, se convierten en nuestros mejores aliados para visualizar los talleres del pasado. Podríamos recordar un sin fin de obras en las que se nos muestra de mejor o peor manera las herramientas, los procesos técnicos de preparación de colores, donde se adquieren los productos esenciales para un determinado oficio, etc. En el Códice Rico de Las Cantigas de Alfonso X, conservado en la Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial, podemos ver cómo en el siglo xiii los colores se compraban al boticario, cómo eran los andamios, cómo se preparaban los colores en botes, cómo se construía, qué materiales se utilizaban en la construcción, cómo eran las grúas... En la iglesia abulense de San Vicente se conserva un monumental cenotafio dedicado a los santos Vicente, Sabina y Cristeta (siglo xiii) en el que aparece un escultor, en su taller, inclinado sobre su banco de trabajo, y con las herramientas imprescindibles de su arte. En la portentosa techumbre de la Catedral de Teruel (siglo xiv) se nos muestra paso a paso el laborioso trabajo de la «carpintería de lo blanco», o lo que es lo mismo la dedicada a la construcción de las armaduras de madera. En sus escenas aparecen los carpinteros con su típico atuendo o pellote, con las maderas sobre los bancos de trabajo, y lógicamente junto a su específica herramienta.
No todos los oficios disfrutaron del mismo prestigio social. No era lo mismo un miniaturista que un carpintero, ni este último que un alarife. Posiblemente los más destacados en la escala social artesanal fueron los orfebres, tal vez por la naturaleza del rico material con el que trabajaban y por la importancia de los objetos que realizaban, en tantas ocasiones vinculados con la liturgia de la misa. El monje Teófilo (siglo xii) nos dejó un importante tratado conocido como Schedula de diversis artibus, escrito hacia 1120. Se dividía en tres libros, el último de los cuales se dedica al arte del esmalte y de la orfebrería, es decir a las artes suntuarias, llamadas equivocadamente en tantas ocasiones artes menores.
El orfebre más famoso de la Edad Media, que llegó a los altares, fue San Eloy de Chatelac, cuya vida transcurre entre los siglos vi y vii. Tal fue su afición que siendo aún niño entró como aprendiz en el taller de un orfebre de Limoges. Su buen trabajo corrió paralelo al de su caridad y santidad. Su fama le hizo llegar a la corte de Clotario II, de quien recibe el encargo de realizar un trono de oro y piedras preciosas, tal como lo vemos en esta tabla del Maestro de la Madonna de la Misericordia. Aparece en un taller junto a varios operarios, trabajando en un banco decorado con una alfombra oriental. Se ven ricos objetos y varias herramientas (martillos, compases, buriles, tenazas), así como collares colgados de una barra en el fondo del taller.
Poco conocemos sobre este pintor anónimo, activo en la Florencia del siglo xiv. Recibe el apelativo de Maestro de la Madonna de la Misericordia, por el cuadro que de dicha temática se conserva en la Galería de la Academia de Florencia.