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Martes, 29 de marzo de 2005

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ARTE / Claroscuro

San Jerónimo y los jerónimos

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Antonio Campi pertenece a la prolífica familia de artistas de los Campi de Cremona y, como representante típico de los tiempos dorados del humanismo, nos hallamos ante un personaje polifacético que fue grabador, escritor, arquitecto y, sobre todo, pintor, tanto mural como de caballete. Su arte se dirige hacia el manierismo y refleja la influencia de Camillo Boccacino. De su rica obra pictórica podemos señalar la expresividad y elegancia de sus cuadros devocionales, entre los que se encuentra este cuadro. Este fue pintado para El Escorial de Felipe II, lo que explica su temática, debido a que pertenecía a la orden religiosa más importante de la España de los siglos xv y xvi: los jerónimos.

San Jerónimo (siglo iv) fue uno de los santos más importantes de la Edad Media, considerado por su sabiduría como uno de los cuatro padres de la Iglesia romana junto a San Agustín, San Gregorio y San Ambrosio. Oriundo de Dalmacia, viajó por varias ciudades del Mediterráneo donde recibió una amplia cultura y entró en contacto con importantes filósofos, gramáticos y teólogos. Su gran formación lo llevó a la propia corte pontificia del papa Dámaso I, quien le encargó la realización de una versión revisada de la Biblia a través de los textos griegos, conocida como la Vulgata. A pesar de su acomodada situación prefirió llevar una vida de eremita por lo que se retiró durante varios años al desierto de Calcis. Finalizó sus días en un monasterio de Belén hacia el año 420.

Se le suele representar de diferentes maneras. Es corriente que aparezca vistiendo las vestiduras de cardenal o semidesnudo en una cueva, junto a dicho ropaje y el capelo cardenalicio, ante la falsa creencia medieval de que fue cardenal. Lógicamente suele aparecer junto a unos anteojos, que aluden al estudio, y junto a unos rollos de papel o un libro que representa a la Vulgata. Igualmente común es su representación con una calavera, un crucifijo, un reloj de arena, una piedra, y un ángel tocando una trompeta anunciando el Juicio Final, simbolizando la meditación, el paso del tiempo junto a la fugacidad de la vida, la penitencia solitaria y la unión con Dios tras la muerte. En ocasiones aparece junto a un león que, según nos dice la leyenda, el santo curó tras extraerle una espina clavada en una de sus garras, aludiendo a cómo la barbaridad, encarnada por el fiero animal, es amansada por el camino de la sabiduría y la santidad.

Las cualidades de San Jerónimo fueron reivindicadas por una serie de religiosos y nobles castellanos de la segunda mitad del siglo xiv, que sintieron la necesidad de iniciar una vida de ermitaños, alejados del mundanal ruido. Dichos anacoretas, encabezados por el canónigo Fernando Sánchez de Figueroa y por el noble Pedro Fernández Pecha, vieron cómo quedaba su vida en comunidad reconocida por la bula Sane Petitio que el papa Gregorio XI les concedió. Nació así la orden monástica, genuinamente hispana, de los jerónimos. Su primer monasterio fue San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara) y tras él nacen otros, muy importantes y vinculados con la casa real y con los más altos linajes nobiliarios, caso de los monasterios de Guadalupe, Yuste, El Parral, San Jerónimo el Real de Madrid, San Jerónimo de Granada, o el de San Lorenzo de El Escorial, entre otros. Fundamentales todos ellos en la historia bajomedieval y moderna de la corona de Castilla. No resulta extraño que San Jerónimo sea uno de los santos que más veces se represente en el arte español.

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