La Coronación de espinas, pintada entre 1618 y 1620,
fue una obra de compleja concepción. Van Dyck (Amberes, 1599-Londres,
1641) hizo, deshizo y rehizo la composición varias veces, un proceso de
trabajo que conocemos gracias a los bocetos y a las versiones
conservadas, así como a los arrepentimientos del lienzo. Uno de los
problemas principales residía en el enfoque de esta violenta escena. El
joven pintor trató de alejarse del dramatismo habitual que caracterizaba
a este tema, a menudo con unos verdugos bestiales representados de
manera caricaturesca. Se inclinó por un tratamiento más sereno y expresó
de manera más sutil y espiritual el sentimiento trágico del escarnio de
Cristo.
Se inspiró en un cuadro de su maestro, Rubens, pintado en 1601-1602
para la iglesia de Santa Cruz de Jerusalén de Roma, a su vez inspirado
en un cuadro de Tiziano. Van Dyck hizo dos versiones del tema, esta del
Museo del Prado y otra destruida en la segunda guerra mundial que estaba
en Berlín. El lienzo de Madrid manifiesta sus dudas, sus
arrepentimientos, hoy visibles gracias al efecto revelador del tiempo
sobre la pintura y los barnices. En un primer momento concibió una
escena más sofocante, al colocar a la izquierda a un soldado romano. Más
tarde lo borró y rellenó el hueco dejado con un perro que ladra.
Constata su existencia el «pie fantasma» que ha retornado a la
superficie entre el pie de Cristo y la pata del perro. Menos visible a
simple vista es su mano, situada junto al codo del verdugo. La
evaporación del soldado también le permitió abrir una ventana hacia el
exterior del calabozo, una abertura a la vida por la que entra el aire,
la luz y quizá la esperanza que simboliza la muerte de Cristo.
El perro tiene un papel relevante en la comprensión de la escena,
como ya puso de relieve Arnout Balis. Sus ladridos surten un efecto
psicológico en el espectador al poner sonido a la brutalidad de la
acción: sustituyen a los insultos y las mofas de los verdugos, o dicho
de otra manera, son como la banda sonora que acentúa el dramatismo del
momento sin necesidad de exagerar los gestos y ademanes de los
personajes, que por el contrario aparecen en actitudes sosegadas.
Algunos de los añadidos y las rectificaciones podrían interpretarse
asimismo como un intento de Van Dyck de acercarse a Rubens, a quien, de
hecho, ofreció el cuadro. El perro es una cita del maestro, al igual que
la técnica usada, cercana a la vigorosa pincelada de Rubens. Éste lo
conservó en su colección personal hasta su muerte en 1640 y poco después
fue adquirido por el rey de España, Felipe IV, en la subasta de sus
bienes. Junto a él llegaron a Madrid varios lienzos de Rubens, un
Tiziano y otra obra de Van Dyck, el Prendimiento (núm. 1477),
todos ellos conservados en el Prado.