Si la voz balmoreada te es desconocida, no pierdas tiempo buscándola en el diccionario porque ahí no está. El sitio de esta palabra está en el México de los años veinte y atada a la historia de una mujer que supo, a su manera, sorprender a una sociedad aún aturdida por la recién terminada Revolución
mexicana.
Fue Conchita Jurado, actriz en el México porfirista. Nació en 1865, en el seno de una familia acomodada. Cuando terminó la Revolución
mexicana, ya retirada, misteriosos impulsos la llevaron a idear una extravagante forma de diversión. En complicidad con varios intelectuales de la época, disfrutaba haciendo bromas pesadas a importantes personajes.
Conchita, aprovechando sus dotes histriónicos, disfrazada de hombre, encarnaba a Carlos Balmori, personaje ficticio que se presentaba como un millonario español ante sus víctimas. Así, engañó a políticos, militares, periodistas, escritores y hasta señoras casadas. Los convencía de quebrantar sus convicciones o de efectuar acciones ridículas o inmorales, a cambio de una parte de su cuantiosa —pero inexistente— fortuna.
Cuando lograba su objetivo, entonces se presentaba como Conchita Jurado y ponía al descubierto la broma. Lo curioso era que el embromado, lejos de enfadarse, se unía a la celebración y se prestaba para proponer a una nueva víctima.
Así, durante cerca de cinco años, hubo damas que dejaron a sus novios, políticos que accedieron a cambiar de partido, militares dispuestos a desertar, etc. Todos, seducidos por una fortuna que nunca existió. A estas bromas de Carlos Balmori, que en su momento se hicieron célebres, se las llamó balmoreadas, voz que llegó a generalizarse para referirse a cualquier broma pesada.
La última balmoreada
Conchita Jurado murió en 1931. Quienes la conocieron nunca la olvidaron y, en 1960, el doctor Luis Cervantes, que en las balmoreadas personificaba al secretario de Carlos Balmori, citó al escritor Armando Jiménez —el autor de Picardía mexicana— para proponerle que publicara las memorias de Conchita Jurado. Por tener otros compromisos, y dada su responsabilidad, Jiménez se resistió. Pero, cuando a cambio le ofrecieron un rancho, tuvo razón para pensarlo otra vez y asegurarse de que no era una vacilada. Así lo platica el propio Armando:
[...] no iba yo a ser puerquito (así nombraban Conchita Jurado y sus secuaces a la víctima en turno de las balmoreadas). Me informé con los trabajadores y los vecinos que el doctor Luis Cervantes era el verdadero dueño del rancho y que la persona con la que yo había estado hasta hacía un rato se llamaba así y no era un impostor. También, que la propiedad no tenía hipoteca ni estaba en litigio.
Una vez aceptado el trato, se reunieron en el susodicho rancho para firmar el contrato. Armando Jiménez no podía contener la emoción de verse rico y, por fin, con los medios para dedicarse sin preocupación a la literatura. No obstante, en el momento en que estampaba su firma, el notario se quitó anteojos, bigotes y patillas; la secretaria se quitó peluca y anteojos y la sala se llenó de sonoras carcajadas y de personas; todos, reconocidos artistas e intelectuales, que festejaban el éxito de la última balmoreada. Compungido pero resignado, dice don Armando:
¿Cómo me dejé engañar, estando enterado por las Memorias, de cuanta broma hicieron el doctor (¡que el diablo lo conserve en fuego manso!), Concepción Jurado y sus compinches? De la suculenta cena apenas probé bocado; ofrecí disculpas y me acosté temprano. Toda la noche hubo risotadas en la sala, mientras yo me levantaba de la cama media docena de veces para visitar el excusado.
Balmoreada es voz que tenía todo para perpetuarse con vida propia, pero, tan atada quedó al recuerdo de Conchita Jurado (Carlos Balmori), que se ha ido desvaneciendo y pronto, será una más de las palabras olvidadas.
Nota:
Las citas de don Armando Jiménez fueron tomadas del artículo: «Nadie diga de esa agua no beberé», publicado en http://www.mexico.com/, el 10 de mayo de 2001.