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Martes, 30 de marzo de 2004

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ARTE / Claroscuro

Un caballero orante

Por Susana Calvo Capilla

Estas dos tablas, fechadas en torno a 1470, forman pareja con otras dos de las mismas características. Todas ellas pertenecieron a un retablo dedicado a Nuestra Señora del desaparecido Monasterio benedictino de Sopetrán (Guadalajara). El Museo del Prado adquirió las obras en 1934 por mediación del conde de Romanones, a la sazón patrono del museo. Se deben a un solo artista anónimo, quien por su estilo pudo pertenecer al círculo de Roger van der Weyden, y por tanto no es descartable que fuera flamenco o formado en Flandes. Aunque hay algunos rasgos más típicos de lo hispano, el pintor se muestra más atento a plasmar todos detalles de forma realista que a dar a los personajes un carácter dramático, algo propio de lo hispano-flamenco.

La representación del donante está aún más cerca de esa tradición flamenca. Supone una novedad por cuanto se da al personaje tratamiento de retrato y aparece en primer plano, con absoluto protagonismo. Según indica el escudo de armas de su atuendo, se trata de un miembro de la familia Mendoza, una de las más poderosas e influyentes a finales del xv, sobre todo durante el reinado de los Reyes Católicos.

El joven caballero, ataviado con una capa de terciopelo, reza arrodillado ante el altar de una iglesia monástica por la que circulan los monjes meditando o leyendo. Tras el donante está su paje, que fue añadido una vez acabado el óleo, como lo han mostrado las radiografías. Éste sostiene la toca borgoñona de su señor. No puede hablarse de un uso correcto de la perspectiva aunque el pintor intenta transmitir al espectador la sensación de profundidad de la escena mediante el suelo de baldosas bicromas y las columnas del templo. Sin embargo, no consigue situar al orante frente al altar, que queda así relegado al segundo plano, si bien resalta por su belleza: un frente ornamentado y, sobre él, una tabla donde se representa un Calvario, coronada, a su vez, por una talla de la Virgen, ambas de estilo flamenco. No se ha identificado con seguridad al personaje pero se sabe que el primer marqués de Santillana, don Íñigo López de Mendoza, en su testamento dejó encargado a su hijo, Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantado, que se asegurara de que el Monasterio de Sopetrán recibía los 10.000 maravedíes anuales y otros tantos para las obras de construcción del mismo.

Entre las variadas acciones de mecenazgo de los grandes linajes del momento estaba el patrocinio de las fundaciones monásticas, los lugares donde luego solían enterrarse los miembros de la familia. Los conventos y las catedrales acogían sus capillas funerarias y sus monumentales sepulcros, emulando con ello a los propios soberanos. A cambio, hacían numerosas donaciones en forma de rentas o de mobiliario y objetos litúrgicos: custodias, vinajeras o cálices en oro o plata lujosamente labrados, retablos o tapices.

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