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Martes, 23 de marzo de 2004

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ARTE / Claroscuro

Abrazo divino

Por Marta Poza Yagüe

A comienzos de la primavera de 1098, Roberto, abad de la abadía benedictina de Molesmes, cansado de la relajación en la que había caído la orden cluniacense desde hacía ya varios años, abandona este monasterio con el deseo de retirarse a un lugar apartado donde poder vivir con el máximo rigor posible los mandatos de la Regla de San Benito. Acompañado por un grupo de monjes con los que comparte las mismas inquietudes espirituales, inicia en lo profundo de un húmedo bosque de Borgoña las obras de un nuevo monasterio, Citeaux, poniendo así los cimientos de la que será una de las órdenes religiosas más poderosas de la Edad Media: la Orden del Císter.

Pero, aunque fue Roberto de Molesmes el verdadero fundador, su figura se vio eclipsada casi desde los orígenes por la personalidad arrolladora de Bernardo de Claraval (1090-1153), el auténtico ideólogo de la orden. Canonizado en 1174, menos de veinte años después de su muerte, su protagonismo e influencia en la vida religiosa y política del siglo xii fue tal, que sus monjes pronto pasaron a ser denominados popularmente bernardos en vez de cistercienses.

Ferviente defensor del culto a la Santísima Virgen, una de sus imágenes tradicionales, reproducida por artistas de todos los tiempos, es la conocida como Lactación de San Bernardo. Según cuenta la leyenda, el abad de Claraval se encontraba un día orando ante una estatua de la Virgen amamantando al Niño cuando, en señal de agradecimiento a su devoción, la escultura cobró vida y, apretándose el pecho, hizo saltar unas gotas de leche que cayeron sobre los labios del monje.

Sin embargo, no fue este piadoso milagro el escogido por Ribalta para el lienzo destinado a colgar de las paredes de la celda del prior de la Cartuja de Porta Coeli (Valencia). En su lugar eligió otra de las visiones místicas que tenían al santo como protagonista: aquella en la que el Crucificado desclavaba sus brazos de la Cruz para abrazar al monje.

Ribalta, en la que ha sido considerada como una de sus mejores obras, crea una composición de gran fuerza expresiva. San Bernardo, vestido con el característico hábito blanco de la Orden, reposa suavemente su cabeza sobre uno de los brazos del Cristo que lo abraza. Un potente foco de luz lateral ilumina bruscamente el grupo principal, aquel en el que le interesa al pintor que se concentre la atención del espectador, a la vez que deja en penumbra todo lo que le circunda de modo que, sobre un fondo prácticamente neutro, sólo es posible advertir la silueta de dos ángeles asomando en la oscuridad. La corporeidad de las imágenes queda compensada por una espiritualidad sugerida a través del movimiento ascensional. Un punto de vista bajo obliga a los espectadores a alzar la vista, movimiento en el que su mirada ascendente se encuentra con la descendente del Crucificado. El recurso consigue introducir simbólicamente a todo el que contemple el cuadro en la escena religiosa, haciéndole partícipe del goce místico del monje.

Con apenas variaciones iconográficas destacables, el mismo asunto había sido escogido algunos años antes por el escultor Gregorio Fernández para decorar el panel central del altar mayor del monasterio de Las Huelgas Reales de Valladolid (1614-1614), en lo que también supuso uno de los mejores trabajos del imaginero de Paredes de Nava.

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