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Viernes, 28 de marzo de 2003

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Cine y televisión

El doblaje en España

Por José Ignacio Pernas

El doblaje en España se inicia en Barcelona. La primera película extranjera doblada al castellano fue, según las fuentes consultadas, Rasputín y la zarina (1932). El encargado de supervisar el trabajo fue Félix de Pomés, quien ya había trabajado como actor de doblaje en Francia. La llegada a Barcelona de los estudios MGM supuso el despegue de esta industria, ya que aquí se formarían un gran número de futuros dobladores. En Madrid fue el italiano Hugo Donarelli quien montó los estudios Fono-España, a imagen y semejanza de los que ya existían en Roma. En Italia el doblaje había sido impuesto por Benito Mussolini desde 1930 para preservar el idioma de la patria frente a la contaminación extranjera. La dictadura española eligió seguir el modelo italiano (frente a la Alemania nazi, que no doblaba las películas) e instauró el doblaje en 1941. Esta orden (que nunca apareció en el BOE) sembró la polémica entre los profesionales más notables de la época, que consideraban el doblaje un atropello. Sin embargo, las protestas fueron a caer en saco roto. El público aplaudió la decisión. El alto índice de analfabetismo contribuyó a asentar la práctica del doblaje, que se desarrolló espectacularmente. Habría que esperar hasta 1967 (con Fraga Iribarne en el gobierno) para asistir a la aprobación de pases en versión original subtitulada, siempre que las películas estuvieran destinadas a salas de arte y ensayo, en poblaciones de más de 50 000 habitantes.

Una de las grandes ventajas del doblaje, de cara a las autoridades, era la posibilidad de manipular los diálogos. Esta facultad anegó de incongruencias y disparates buena parte de las películas, y logró cimas inigualables en algunos casos ya famosos. Seguramente todos recodarán el affair Mogambo, en el que los amantes se convertían en hermanos y su relación pasaba a ser un incesto. Fuera de estos casos extremos, es justo señalar que la alta especialización de nuestros técnicos y profesionales ha llevado a España a ocupar un puesto muy relevante, aplaudido en el extranjero. Así podemos rescatar del anecdotario que Lawrence Olivier exigía a Fernando Rey para que le doblara; y el gran Stanley Kubrick acostumbraba a contratar a Carlos Saura para que supervisara el doblaje. En la actualidad, esta industria posee más de ochenta estudios de doblaje en todo el territorio español y factura casi diez mil millones de pesetas al año.

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