ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.
Este bello dibujo de Francisco Bayeu (1734-1795), un boceto para uno de sus frescos, nos sirve hoy de pretexto para hablar de un poeta, para escuchar de nuevo su voz.
Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela y murió de olvido y tuberculosis en las cárceles de la dictadura franquista el 28 de marzo de 1942. Su evolución como poeta y su vida, una vez que abandonó el oficio de cabrero que le tenía destinado su Orihuela natal, transcurrió en unos momentos intensos de la historia de España, la proclamación democrática de la II República (1931) y el golpe de estado que acabó con ella y arrastró a los españoles a una trágica guerra civil (1936-1939). Miguel Hernández, comprometido con el pueblo y con la defensa de la libertad, fue también poeta de la resistencia y de la lucha: «Los poetas somos el viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas». Muchos de los poemas que escribe durante los años de guerra están reunidos en Viento del pueblo, de 1937 y en El hombre acecha, de 1939. En ellos encontramos versos como los del Niño yuntero, quizá uno de los más conmovedores cantos a la justicia y a la esperanza de los hombres, y los de El herido, con los que iniciábamos nuestro recuerdo. Aquella guerra lo separó de su amor, de su hijo, de muchos amigos, exiliados, muertos, asesinados:
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.
Las cárceles inhumanas, después, pusieron ausencia y muerte a su vida, pero no silencio, ni humillación, ni mordaza, ni renuncia. Mantuvo su voz, pervivió su verso:
Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante, y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.
No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión:
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.