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Miércoles, 5 de marzo de 2003

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Literatura

Cuando fray Luis José mostró la hilacha

Por Fernando Sorrentino

Cronológicamente, el primer poeta argentino cuyo nombre conocemos es el fraile dominico Luis José de Tejeda y Guzmán. Empleo el gentilicio argentino con un sentido más geográfico que político, teniendo en cuenta que en los días de su vida no existía la entidad República Argentina. Puesto que vivió entre 1604 y 1680, fue casi coetáneo de Calderón y, como no podía ser de otra manera, procuró ajustarse a los cánones barrocos de su época, por caminos ya culteranos, ya conceptistas.

El padre Rodolfo M. Ragucci (Escritores de Hispanoamérica, Buenos Aires: Huemul, 1969, 3.ª ed.) no siente fascinación por Tejeda (pág. 38):

[...] el poeta argentino más antiguo que se conozca, título que compensa la mediocridad de su estro. Casi no hay en sus versos emoción poética ni sentimiento de la naturaleza, pero sí harto mal gusto: énfasis retórico, discreteo conceptista y expresión amanerada, prosaica y fría. No carece, sin embargo, de algunos pasajes de feliz inspiración.

Entre estos «pasajes de feliz inspiración» está, sin duda, el afortunado soneto gongorino «Santa Rosa de Lima», de comprensión no siempre inequívoca, pero con hallazgos poéticos tales como: «crepúsculo de olor, rayo de rosa» y «¡Oh, bien anticipados desengaños!».

Este versátil discípulo sudamericano de Góngora y de Quevedo, que dota a su soneto del vocabulario musical del barroco español, comete, en el segundo cuarteto, un sorprendente desliz:

De los llantos del alba apenas goza,
cuando es del dueño singular cuidado,
temiendo se lo tronche rudo arado
o se lo aje mano artificiosa.

Como vemos, el buen dominico del siglo xvii rima el goza del primer verso con el artificiosa del cuarto, tal como lo haría en los siglos xix, xx y xxi cualquiera de los autores argentinos que, invariablemente y sin excepción alguna, seseamos todas las zetas.

Quiere decir que, olvidando un instante el sabor español que deseaba reproducir, fray Luis José se dejó llevar por su oído y por su lengua, donde, naturalmente, nunca hubo lugar para la hispánica zeta.

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