ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Muchos siglos han pasado y nadie ha podido averiguar hasta ahora quién soy. «Personalidad enigmática», «hombre reservado, inteligente y frío», oigo decir de mí a los guías. Ni siquiera mis compañeros predilectos, a pesar de llevar tanto tiempo colgados de las mismas paredes, conocen mi identidad.
En los tiempos en que fui retratado por mi querido Rafael Sanzio, creo recordar que en 1510 ó 1511, la discreción y la perspicacia eran las virtudes más sensatas en Roma. Aún hoy, en la quietud y placidez de este museo madrileño, desconfío de mi entorno. Tal vez en algún lienzo cercano se esconde un pariente o secuaz de los Medici o de los Sforza, incluso de los Borgia..., ¡nunca se sabe! Sólo unos pocos que han gozado de mi privanza saben que llegué a Roma muy joven y que gracias a mi tesón en los estudios llamé la atención de ciertos prelados de la corte papal. No puedo decir que fuera una desdicha, puesto que, una vez vestido de púrpura, si se sabía obrar con diplomacia e inteligencia, Roma era una ciudad apasionante. Allí pude admirar obras de arte maravillosas, vivir agitados acontecimientos y, sobre todo, explorar la intrincada naturaleza humana. Imaginen que yo conocí nada menos que al papa Borgia Alejandro VI, a Julio II della Rovere, a León X de Medicis y a Clemente VII. ¡Qué peligro cuando se iniciaba la frenética lucha por el solio pontificio! A partir de la muerte del Papa (o de su asesinato) empezaban las maniobras de las familias más poderosas de Italia y la compra de los votos de los cardenales, se prometían suculentos cargos y prebendas, mientras que los individuos molestos..., acababan flotando en el Tíber. Yo me mantenía al margen siempre que podía. Me gustaba visitar al anciano Leonardo da Vinci, muy solo en su residencia del Belvedere, ocupado en sus obras y sus inventos. Por entonces, hacia 1514-1515, estaba inmerso en los estudios de botánica. Creo que buscaba un nuevo barniz.
Mi estimado Rafael era un joven muy culto, amable, discreto y elegante. Gracias a esas cualidades estaba muy bien relacionado en la corte papal y todos, incluidos los propios pontífices, se disputaban sus servicios como retratista. Siempre conseguía penetrar en la personalidad del modelo (como en mi caso) y, además, terminaba sus obras con mayor rapidez que otros artistas. Desde 1508, cuando Julio II lo llamó a Roma para decorar al fresco los nuevos aposentos papales, hasta su triste muerte en 1520, a los 37 años, Rafael no paró de pintar. De vez en cuando bajaba del andamio y acudía a la Capilla Sixtina para ver la marcha de las bóvedas de Miguel Ángel. Por supuesto, también encontraba tiempo para visitar a su bella enamorada (tampoco desvelaré quién era) o escribirle apasionados y sensuales versos de amor en los márgenes de sus bocetos. Sin embargo, en sus últimos años se lo veía demasiado agobiado con los nuevos encargos de León X, apenas podía charlar con sus amigos, entre ellos Baltasar Castiglione a quién había retratado después de la publicación de Elcortesano.