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Viernes, 22 de marzo de 2002

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Literatura

La guerra de los seis pies

Por José Jiménez Lozano

En una entrevista con George Gadamer, hecha al filo de cumplir sus cien gloriosos años, aconsejaba el filósofo defenderse de la colonización televisiva por el procedimiento más expeditivo, desde luego: apagando el aparato. Y, entonces, me contó un amigo que él conoció a alguien, que, para sentirse él mismo frente al alud de propaganda oficial de la postguerra civil, se compró una radio, tras haber estado despotricando años enteros contra periódicos y radios; y seguramente pensó todo el mundo que, por fin, se había rendido a los encantos de la comunicación. Hasta que, acosado uno y otro día por preguntas, y, puesto el honor de su yo en entredicho, explicó sus razones.

Y éstas eran netas y contundentes, por cierto. Él sabía muy bien con cuánta prosopopeya se anunciaba, por ejemplo, una alocución del Jefe del Estado, y de otras altas jerarquías, así que escuchaba todos esos prolegómenos, y, cuando el locutor decía con aires de heraldo: «Y ahora van a escuchar ustedes a Su Excelencia...», él cerraba el conmutador de la radio, y decía, como un rey absoluto: «¡Pues no!». Sonreía, y se quedaba tan a gusto en su reino, y con su alma en su almario.

Es decir, como si hubiera defendido a Numancia; porque así era en realidad. Una Numancia pequeñita, como de «seis pies», como decía el fiero Saint-Cyran, que eran propios y exclusivos, y en ellos no mandaba «ni canciller ni nadie». O sea la libertad bien guardada. Y, si ganáramos esta guerra ¿a qué más podríamos aspirar?

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