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Lunes, 18 de marzo de 2002

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Música y escena

Mesías Maiguaschca

Por Carlos Barreiro Ortiz

Hasta finales de la década de 1940, a nadie se le hubiera ocurrido contradecir el hecho, generalmente aceptado, de que el repertorio musical erudito latinoamericano es un producto derivativo de todo aquello que se había creado, experimentado y difundido primero desde Europa y, luego, desde los Estados Unidos. De hecho, las primeras músicas formales generadas en América se ceñían a patrones sufridos en tres siglos de aires barrocos, y a conceptos modernistas que llegaban desde el otro lado del Atlántico hasta las nacientes repúblicas americanas.

No obstante, desde el inicio de la segunda mitad del siglo xx, un puñado de aventureros musicales deja atrás sus países en busca de condiciones adecuadas a sus proyectos, con la intención de generar aportes en escenarios artísticos en donde todo parecía estar resuelto. Basta mencionar algunos nombres: el argentino Mauricio Kagel en Alemania, el cubano Aurelio de la Vega en los Estados Unidos o el chileno Sergio Ortega en Francia. Con un propósito semejante, el compositor ecuatoriano Mesías Maiguashca (Quito, 1938) emprende un exilio voluntario de su país a través de varias etapas: a los 20 años, con una beca de estudios, ingresa a la Escuela Eastman de Rochester en los Estados Unidos; en 1962, con el título de maestro en el bolsillo, lo encontramos en el Torcuato di Tella de Buenos Aires entre el grupo de jóvenes compositores latinoamericanos que durante dos años, podía estudiar y componer bajo la tutela de reconocidos maestros de la vanguardia internacional.

Además de relacionarse con las ideas de figuras como Boulez, Nono, Halffter o Stockhausen, el joven Maiguashca adquirió allí la noción de una especie de «[...] solidaridad nueva en nuestra historia cultural, que implicaba naturalmente, la tolerancia artística». No obstante, Maiguashca mantiene la distancia con los repetidos esfuerzos por construir un lenguaje específicamente latinoamericano: «Creo que es ocioso querer ser latinoamericano [...] pienso que todo lo que hago está marcado por esa sensibilidad. Y busco mi identidad en el desarrollo de mis facultades y de mi individualidad». Un piano ofrecido a su padre —un humilde administrador de justicia en Quito— en pago de servicios profesionales, le ofreció de pronto la ocasión de soñar con un futuro artístico. Pero el hecho definitivo en su carrera, estará marcado por la beca del gobierno alemán que en 1966, le permite establecerse primero en Munich y luego en Colonia, en donde pronto se vincula al Estudio electrónico de la WDR.

A la música electroacústica llegó Maiguashca con la fascinación de descubrir que «[...] cada sonido puede ser un sonido musical» y que «[...] era posible componer cada sonido». Con frecuencia Maiguashca relaciona los sonidos «sintéticos» con el sonido «natural» de los instrumentos para obtener «temas de relación» o «pautas de comportamiento». De la mano de Stockhausen de quien llegó a ser asistente y miembro del grupo encargado de las presentaciones en el pabellón alemán en la Exposición universal de Osaka, el músico ecuatoriano ha trascendido esas primeras incursiones hasta el logro de sus propias experiencias. De su interés por la ficción científica resulta el Nemos-Orgel, un proyecto que intenta reconstruir el sonido del órgano que lleva el Nautilus de Julio Verne. La instalación del sintetizador A Mandelbox lo relacional a nivel gráfico y acústico con la teoría de los fractales. A través de la serie de Ejercicios compuesta entre 1972 y 1973, Maiguashca explora las posibilidades de transición entre medio electrónico y cuerdas tradicionales y, al mismo tiempo, busca el equilibrio entre las dos culturas que animan su trabajo. Porque para este artista ecuatoriano que vive en Alemania desde hace más de tres décadas, «[...] la música es ante todo, autobiografía, diario, autorretrato».

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