ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Conocido fundamentalmente por ser una de las mejores pinacotecas del mundo, el Museo del Prado atesora también entre sus fondos una importante colección de esculturas clásicas cuya difusión se ha visto perjudicada, en muchos casos, por su papel secundario respecto a la entidad y número de las obras pictóricas expuestas.
Sobre sus orígenes históricos, en 1829 una Real Orden decretaba el traslado de todas las colecciones de escultura antigua, dispersas por los distintos palacios reales, al recién fundado Real Museo de Madrid. De este modo comienzan a llegar las piezas procedentes de La Granja, Palacio Real, Aranjuez, y otras depositadas en la Academia de San Fernando, procediéndose a su limpieza y acondicionamiento a cargo del restaurador Valeriano Salvatierra. Entre ellas, destacaban por su riqueza obras como la Venus del Delfín, el Busto de Antínoo, el Grupo de San Ildefonso, la Venus de Madrid o el Retrato en bronce de un Diádoco, adquiridas todas en Roma, en 1724, por Felipe V e Isabel de Farnesio a Baldassare Odescalchi, y procedentes de la colección privada reunida por la reina Cristina de Suecia durante su estancia en la capital italiana.
Mujer de vida novelesca y reina guerrera —que terminaría por abdicar tras su conversión al catolicismo en 1654—, fue también gran amante del arte, la música y el teatro. Por ello, no deja de resultar revelador que fuese un retrato suyo el que se talló para completar el cuerpo de Talía, la musa de la comedia, cuando ordenó la restauración del conjunto más importante que integraba su colección: el ciclo de las ocho Musas romanas que en su día decoraron el llamado Teatro Griego de la Villa Adriana de Tívoli. Esta cabeza, que fue retirada de la escultura hacia 1830 para ser sustituida por otra realizada en el siglo xvii —también por encargo de la reina Cristina para la Musa Polimnia—, ha sido recientemente recolocada de nuevo en un intento por devolver a la obra el aspecto que tuvo en tiempos de su ilustre propietaria. Como dato anecdótico, se dice que dispuestas las ocho musas en uno de los salones del Palacio Riario, la reina recibía a sus visitantes en éste, entronizada en medio del conjunto, como si se tratase ella misma de una novena musa.