Literatura
Por José Jiménez Lozano
Años enteros llevamos leyendo y oyendo en las noticias, cada vez que un crimen horrendo se comete —sobre todo si es en el ámbito rural—, que eso sucede «en la España profunda»; y la formulación es, a la vez, imbécil e insultante, pero se ve que ha hecho escuela, y que ha caído en gracia.
Obviamente, se quiere decir, que un tal crimen sólo puede concebirse en los ambientes culturalmente atrasados y primitivos, que todavía subsisten en España, y se insinúa que, en cuanto llegue su redención, eso no podrá suceder. Pero por muy «rusoniano» que se sea —lo que a estas alturas y tras los sofisticados refinamientos y la brutalidad del horror del siglo XX ya es notable por lo menos—, parece que se debía tener noticia, en torno a la mayoría de edad siquiera, de que el hombre, cualquier hombre, comenzando por nosotros mismos, puede alcanzar las más altas cimas del amor gratuito, y bajar a ser verdugo en cualquiera de los mataderos del mundo, que nada de lo que es humano nos es ajeno, como decía Terencio. Y señores había en Auschwitz o en Kolyma, con ilustres diplomas de saber en el bolsillo, y refinadísimas educaciones. Sencillamente porque la brutalidad no es la España profunda, sino el hondón del hombre.
Parecería claro, más bien, que la España profunda o el hondón de España son aquellos adentros de ésta, que alumbraron a Cervantes y a Velázquez o a Juan de la Cruz y al Maestro León y un gran etcétera. Es decir, los hombres de ella que se alzaron a lo mejor de la condición humana, y nos entregaron su alma.