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Viernes, 23 de marzo de 2001

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Música y escena

Don Julio y el Duque

Por Blas Matamoro

El mismo año de 1899 vio nacer a Julio De Caro en Buenos Aires y a Edward Kennedy Ellington (entendámonos: Duke Ellington) en Washington. Don Julio era hijo de un profesor de música italiano radicado en Argentina, que lo echó de casa cuando se enteró de que el chico, de pantalones cortos, tocaba el violín en la orquestita de Eduardo Arolas, «el Tigre del Bandoneón». No estaba el horno para bollos: el tango era considerado, allá por 1915, una música procaz y de bajos fondos.

Luego, cuando el ambiente cambió de actitud, don Julio impuso su refinado estilo en los cabarets de lujo y en los salones de la buena sociedad. El disco, la radio, los interludios del cine mudo y los bailes de carnaval lo llevaron a públicos más modestos y más entusiastas. Muy joven y seguido por otros jóvenes de su promoción, se encargó de mostrar la dignidad estética de aquella música surgida de las penumbras suburbiales.

El Duke tuvo mejor fortuna, porque lo arroparon los Estados Unidos. Con todo, ambos hicieron, acaso sin saber que lo hacían, lo mismo: conseguir respeto y admiración de las buenas consciencias y los músicos académicos para unas manifestaciones sonoras y bailables que hasta entonces eran ignoradas con desprecio o miradas por encima del hombro. Y así, el tango y el jazz se impusieron en el mundo. Toda una época, la que llamamos de entreguerras, es incomprensible sin este trasfondo musical. El siglo era joven, el jazz y el tango eran jóvenes, don Julio y el Duke eran jóvenes. Tenían mucho por delante, como suele ocurrir a los jóvenes. Por eso, son nuestra historia.

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