ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
¡Cuánta sátira encontramos en nuestra literatura!, ¡cuánto ingenio se ha invertido en divertir con la ofensa!, ¡cuántas palabras hirientes se han lanzado al enemigo!, ¡cuánto ácido sale de nuestros libros!, ¡qué escándalo...! Pero..., ¡qué ocurre!, ¿será que en el fondo somos sátiros sin darnos cuenta? Desde luego muchos hombres lo parecen, o lo parecemos, ya que gozan con el vino, las ninfas, y con los años, al igual que los silenos, se vuelven feos y ventrudos; incluso algunos tienen orejas puntiagudas, larga cola y altos cuernos. Si tuviera que quedarme con una sátira me quedaría con aquélla famosa de tan insigne escritor dedicada al Cordobés; sí me refiero a él, que por cierto a pesar de ser genial con la lengua y con la pluma, no fue ni don Juan, ni flamante espadachín..., aunque algunos así lo crean.
A un hombre de gran nariz
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;
era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era;
érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.(Francisco de Quevedo)