Por Lisandro Duque NaranjoLlegó la
hora de reivindicar, al lado de la consigna por la bio-diversidad y por la
pluri-etnicidad, la de la filmo-diversidad. La paz del mundo nunca dejará de estar
amenazada, mientras el país que más armas tiene sea el único con derecho a hacer
películas, o por lo menos a distribuirlas. Porque para un ciudadano norteamericano el
resto del mundo no existe en tanto que jamás lo ha podido ver en cine. Ni el resto de
idiomas del mundo, distintos al inglés, existen para él , en tanto que las empresas
productoras norteamericanas se los niegan a sus espectadores al reconvertir, por ejemplo, Sin
Aliento de Godard, Mujeres al borde de un ataque de nervios de Almodóvar,
etc., para que ocurran en Nueva York y en inglés. De ahí a que El Quijote de la
Mancha se reescriba para que sus aventuras ocurran «en un lugar de Oklahoma de cuyo
nombre no quiero acordarme», negándole al hidalgo su geografía castellana y a los
lectores norteamericanos el derecho a emocionarse con los paisajes de La Mancha, y sobre
todo, a saber que el planeta no termina en Disney World, no hay, también, sino un paso.
Como decía Walter Benjamin: «Hasta nuestros
muertos están amenazados», y desde luego, agregaríamos que el resto de idiomas del
mundo distintos al inglés están amenazados también de convertirse en lenguas muertas,
porque mientras las literaturas nacionales suben por escalera, el único cine posible
trepa por ascensor. Si acaso, a los oídos de nuestros gobiernos les sonaran
sobredimensionados y apocalípticos estos puntos de vista sobre el derecho y la urgencia
de existir prolijamente de las cinematografías latinoamericanas, tal vez los decida a
exonerarnos de parecer alarmistas el hecho de que en Europa ya empezaron a encenderse las
alertas y hay consenso entre los Estados y sus respectivas comunidades artísticas en el
sentido de que la Comunicación Audiovisual (así con mayúsculas) será la Línea Maginot
del tercer milenio y le han conferido al tema audiovisual un rango similar al que le
merecen a esos países las industrias energética y de armamentos, convirtiéndolo en el
gran campo de batalla del siglo XXI por estar en juego la lengua y la cultura. En el nuevo status
que se le está concediendo a este tema, el cine tiene, por iniciativa de los cineastas
europeos, el tratamiento de excepción cultural que le permitirá proveerse de subsidios y
protección de los Estados. |