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Martes, 6 de marzo de 2001

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ARTE / Claroscuro

El otro lado

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Lógicamente, Diego Velázquez es y será siempre conocido por su actividad como pintor, pero no fue esta su única función en la corte junto a su rey Felipe IV, y menos aún a partir de 1652 cuando recibe el importante nombramiento de aposentador mayor de palacio. Estuvo siempre muy ocupado, pero no siempre entre los pinceles, a los que incluso abandonaba durante meses. Viajó a Italia en dos ocasiones, compró obras de arte, intervino puntualmente en misiones diplomáticas, y también fue decorador. Sí, Diego tuvo que ocuparse de preparar la decoración, siempre con obras maestras de la pintura, de importantes estancias y salones, algunos tan significativos como el Salón de Reinos del Buen Retiro (1633-1635), canto del cisne de la proyección exterior de la Corona Española.

Igualmente importante fue su intervención en el alcázar madrileño durante los años cuarenta, cuando se ocupó de la decoración de la Pieza Ochavada, del Salón Dorado, de la Galería del Cierzo, etcétera, o de la reconversión del llamado Salón Nuevo en el posteriormente denominado Salón de Espejos. En la década siguiente intervino incluso en el mítico monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en su Panteón, y, muy especialmente, en la Sacristía y en las Salas Capitulares del Prior y del Vicario, las cuales constituyen en la actualidad el único espacio en el que todavía se puede respirar, en parte, esa labor «de decorador» del pintor sevillano, donde todavía se muestra su magnífico lienzo de La túnica de José, rodeada por otras telas magníficas del Greco, Tiziano, Ribera, etc.

Entre 1635 y 1637 participa en un proyecto menos grandilocuente, e incluso más desenfadado, cuando interviene en las obras de la Torre de la Parada, antiguo cazadero situado en la reserva del Pardo, donde se encarga de su decoración, y muy especialmente de su estancia principal: la Galería del Rey. En contraposición al gran Salón de Reinos del Retiro, en los cuadros que Velázquez realiza para la Torre nos muestra una monarquía pacífica, humana y próxima, que utiliza las armas sólo para divertirse en el ejercicio de la caza, que cambia las armaduras y las bandas de general, por sencillos atuendos de campo y gorras de paño que protegen del frío las cabezas coronadas; incluso los fondos humeantes por el fragor de la batalla se mudan en paisajes dulces y cristalinos de la Sierra del Guadarrama, donde los caballos encabritados se convierten en serenos y fieles perros. Una vez más, Velázquez sabe mostrarnos el otro lado.

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