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Jueves, 30 de marzo de 2000

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Lengua

La lengua múltiple y variada de María Moliner

Por Sergio León Gómez

El nombre de María Moliner es muy conocido en la actualidad entre los amantes del idioma español. Es la autora del Diccionario de uso del español, una referencia imprescindible para quienes trabajan con la lengua, periodistas, escritores, traductores, etc.; pero sobre todo, la obra más singular y poética en su género. Su consulta nos ha permitido sentir que el idioma es una realidad viva, en movimiento, no un registro de palabras fósiles. Llama la atención la empresa de esta singular mujer, tan ajena a las veleidades de la fama, que dedicó quince años de su vida a recoger palabras y anotar sus diferentes usos.

Había nacido en 1900 en el pueblo de Paniza, en la provincia de Zaragoza. Se educó en Madrid en la Institución Libre de Enseñanza, dirigida por el krausista Francisco Giner de los Ríos. Fue alumna de Américo Castro, quien despertó su pasión por la gramática. Realizó la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza. Obtuvo una plaza como archivera y bibliotecaria en Salamanca. Se casó; tuvo tres hijos a los que se entregó por completo, y a medida que se iba liberando de sus obligaciones de madre, se dedicaba a su diccionario.

La primera edición del diccionario es de 1967. La crítica entusiasmada lo consideró el mejor en su género. Los académicos lo cogieron como su libro de cabecera y los escritores empezaron a consultarlo con pasión. Después vinieron otras ediciones ampliadas y corregidas, pero ella nunca lo dio por terminado, porque una obra de estas dimensiones es y seguirá siendo una realidad en construcción, como la lengua misma.

Con toda razón declaraba ella en 1972, refiriéndose a su diccionario: «Después de publicado, yo sigo trabajando en él. En un diccionario no se puede dejar de trabajar. Constantemente estoy viendo en los periódicos o en las novelas expresiones que anoto para incluirlas. Ya tengo una gran colección de adiciones. Si no me muriera, seguiría siempre haciendo adiciones al diccionario».

De ella dijo García Márquez lo siguiente: «María Moliner —para decirlo de modo más corto— hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana». Y lleva mucha razón el autor colombiano, pues nos basta con abrir sus páginas, al azar, y detenernos por ejemplo en la entrada de la palabra lengua para constatar la cantidad de acepciones ingeniosas: desde el órgano muscular hasta la lengua de fuego, pasando por una larga lista: lengua afilada (la mala), lengua azul (no la del príncipe, sino la enfermedad viral del ganado), lengua canina (extraña planta), lengua cerval (especie del helecho), lengua de escorpión (igual de dañina que la de víbora), lengua de gato (el bizcocho), lengua larga (la mala), lengua materna (la nuestra), lengua muerta (la que ya no se habla), lengua de serpiente (mala como la del escorpión), lengua de víbora (la de los maldicientes), media lengua (la de los niños muy pequeños), mala lengua (la de la persona maldiciente), segunda lengua (la que se aprende después de la materna), lengua de trapo (la que se habla con torpeza), lengua afuera (la de las personas cansadas); además, hay lenguas que se le escapan a las personas (las que hablan más de lo debido); o personas largas de lengua (imprudentes), ligeras de lengua (que hablan más de lo debido); también hay personas que se la muerden (las que se reprimen para no caer en la tentación de hablar), y un largo etcétera que es una delicia para los amantes de la lengua, valga la redundancia.

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