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Jueves, 30 de marzo de 2000

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Lengua

María Moliner, pionera de esa hambre en español

Por Juan Gustavo Cobo Borda

La historia fue así: Palacio de Correa, en Madrid; llegué con una bolsa azul y dorada de la Real Academia de la Lengua que reza en su escudo: «Limpia, fija y da esplendor». La puse sobre el mostrador de mármol frente a la ventanilla de servicios polivalentes y quien me atendió para despachar un libro a Salamanca me dijo: «Ah, ese es de la Academia». Sonriente por el reconocimiento le dije: «Sí, estamos reunidos estudiando las mejores formas para que no nos contaminen con tantas palabras en inglés». Asintiendo, siguió con su trabajo y me dijo: «Quiere usted un ticket?» No había terminado de decirlo cuando aclaró con rapidez: «Perdón, ¿un recibo?»

Si hay un síntoma reconfortante en Hispanoamérica, entre tantos síntomas aciagos de violencia y desempleo, de militarismo y pérdida de independencia, es el hecho de que la lengua española resulta tan visible en todas partes y en las preocupaciones de quienes la usan y la necesitan a diario. Es decir: de todos.

Más de 700 000 ejemplares vendidos del Diccionario de la Real Academia, 400 000 ejemplares vendidos de su Ortografía. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, en dos voluminosos tomos, agotado en pocos días. La Gramática descriptiva, de Ignacio Bosque. Los libros del popular Argos en Colombia, como los de Lázaro Carreter en España, absolviendo con humor y sabiduría las innumerables dudas. Más de un centenar de libros sobre el uso del español circulando y agotándose, reeditándose y mejorándose. ¿Qué significa todo ello?

Que desde la abogada que debe liquidar una compañía en quiebra hasta el alumno que debe preparar una tarea deben apelar al diccionario, que en muchos casos tiene estricta validez jurídica, como última instancia inapelable, para ser en otra pista, umbral o sugerencia que nos permita internarnos en más vastas y enciclopédicas aventuras. Como si la lengua fuese la única patria común que nos queda.

Por ello quiero pensar por estas fechas cómo una de las personas que nos quita el miedo para entrar con plena confianza en la casa de la palabras fue una mujer cuya ocupación básica, como la inmortalizó Gabriel García Márquez, era remendar calcetines, mientras en las horas libres que le dejaba tan absorbente tarea compuso el más grato, pero no por ello menos eficaz y valioso, Diccionario orgánico del uso del español.

Doña María Moliner, en Gredos, la editorial desde la cual Dámaso Alonso había remozado la lectura de nuestros clásicos, de San Juan de la Cruz a Góngora, remoza también nuestro contacto franco, vital, con una lengua que en el bus como en el bar, en la escuela como en la telenovela, en la cama como en el comentario, se negaba a dejarse atrapar y cambiaba irreverente, milagrosa, unida y a la vez contaminada, en cada cita, en cada pelea, en cada negocio, en cada silencio: incluso cuando callamos pensamos en el porqué de nuestra lengua.

Se ha dicho: si la política nos divide y los negocios parecen dejar a unos pocos demasiado ricos y a tantos más luchando afanosos por una sobrevivencia, es en el espacio democrático de la lengua donde se desnudan las hipócritas razones de quienes se desesperan por controlar todo y de quienes saben, sonrientes, que sólo cuenta la palabra alegre de cada día y el temblor estremecido de quienes callan estupefactos ante el misterio de la nada.

Quizás los diccionarios, que aspiran al rigor, también reconocen cómo el lenguaje es también juego y ficción. Véase si no el prólogo de Jorge Luis Borges al Diccionario enciclopédico de Grijalbo y el de Gabriel García Márquez al denominado Clave. Diccionario del uso del español actual. Por ello los dos tomos negros y blancos de la primera edición del Diccionario de María Moliner son ya un clásico querido y reconocido desde el punto de vista lexicográfico y como testimonio de la hazaña humana de una mujer única que nos anunciaba, con modesta firmeza, que este libro nos lleva:

De la idea de la expresión. De la palabra que conoce al modo de decir que desconoce o no acude a su mente. Y todo ello en una forma más actual, más concisa, más ágil y más apta para la función práctica.

Con razón Manuel Seco ha reconocido sobre el María Moliner: «Era un diccionario nuevo y original cuando nació; nuevo y original sigue siendo hoy en esta segunda salida remozada».

Pero quizá la mejor razón para recordar a María Moliner y su obra magna, por estas fechas de su centenario, sea una razón de fondo que expresó con su voz quebrada de amor y rabia el cantante Joaquín Sabina en esa canción donde pide que todas las noches sean noches de boda y donde también impetra, es decir, pide, «como un favor o una gracia, con mucha humildad, fuerza y constancia», que el diccionario detenga las balas.

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