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Martes, 21 de marzo de 2000

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ARTE / Claroscuro

Manet y un bufón de corte

Por Susana Calvo Capilla

Este bufón (o cómico, o actor, porque todos esos nombres se le han dado a Pablillos de Valladolid) fue unos de esos hombres de la corte de Felipe IV que se encargaban de divertir a la familia real. Muchos de estos personajes fueron retratados por Diego Velázquez, gran observador de su entorno, quien manifestó en sus lienzos un gran respeto hacia ellos. Éste, pintado hacia 1633, gustó especialmente a Édouard Manet, el pintor impresionista francés, cuando visitó España en 1865.

La inclinación de Manet por la pintura y la cultura española, como la de otros muchos artistas franceses, ya se había revelado años antes. Pero es en 1865, tras el fracaso en París de una de sus obras, la Olimpia, cuando Manet decide viajar a España, buscando inspiración y consejo en su pintor más admirado, Velázquez. Así, escribe una carta a su amigo, también pintor, Fantin-Latour, y le cuenta que sólo por ver a Velázquez merece la pena el viaje, «es el pintor de los pintores (peintredespeintres). No me ha asombrado, me ha maravillado». A continuación habla del retrato de Pablo de Valladolid, atraído por su concepción del espacio, por su técnica y por su aparente sencillez: «Quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya realizado jamás es el cuadro que se titula Retrato de un actor célebre en tiempo de Felipe IV (Pablillos de Valladolid). El fondo desaparece. Es aire lo que rodea al hombrecillo, completamente vestido de negro y lleno de vida».

Su cuadro titulado Pífano, pintado al año siguiente, es de clara inspiración velazqueña: un personaje en medio de la nada, sujeto al suelo por las pequeñas sombras de sus pies.

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