Literatura
Por José Jiménez Lozano
Había muchos modos de censurar un libro ya publicado en los tiempos inquisitoriales, y yo creo que, con los debidos respetos para el arte, había algo así como un arte de la censura en el plano material y éste revelaba mucho de quien lo ejercía.
Hay, en efecto, tachaduras violentas, tachaduras ligeras como si la pluma del censor pintara aguas, tachaduras de esas que no dejan transparentar ni una sola palabra, y eliminaciones del texto, a veces incluso después del tachado, con trozos de papel blanco bien pegado con engrudo.
En la Cosmografía de Sebastián Münster, de 1550, bien llena de tachones, hay dos retratos de Erasmo también borrajeteados, y en los ojos unos borrones que parecen gafas oscuras contra el sol; y además una leyenda: «Erasmo Sancho Panza y su amigo Don Quijote». ¿Quiso el censor hacer una gracia? ¿Creyó que eso era un insulto? Pero ¡en qué buena compañía todos!, ¿no?
En otro libro, Politicorum Libri Septem, de Jorge Schomborg, el censor, que firma en la primera página de 1756 para decir que ha corregido el libro según el Edicto de Expurgación del Santo Oficio de 1747, se ha leído minuciosamente sus casi seiscientas páginas; pero ya antes de comenzar el texto, en un índice de nombres que hay al principio, comenzó a tachar a Melanchton, Maquiavelo, Lutero, y Bocero. Pero a ningún poeta, sin embargo, aunque hay allí una lista de cuarenta y tres. ¿Sería poeta, nuestro censor?
El caso es que este libro lleva, por decirlo así, una censura de la censura hecha en 1859, que dice «La carabina de Ambrosio, esta expurgación». Pero, para 1859, ya no había inquisidores en ejercicio, y pocos quedarían jubilados en vida. ¿Y qué quieren decir esas palabras? ¿Qué estaba mal hecha la censura hasta provocar la risa, o que la censura es siempre la carabina de Ambrosio? Esto es, además de una maldad, una idiotez.
Misterios de libros, censores y lectores.