Por Lisandro Duque NaranjoCine y literatura: Dos en uno no caben (I)
Al cine le sobra el dinero y la lengua para
seducir a los escritores, pero le falta el lenguaje para dejarlos satisfechos. Los
productores pagan por la novela completa, pero los guionistas y los directores, después
de mucho escarbar, apenas logran rescatar de ella la anécdota, los diálogos y fracciones
del argumento. Es decir, sub-productos. Cuando la película es vista por quienes leyeron
la novela, la sensación más usual es la de haber asistido a un espectáculo
descafeinado, carente de la insidia, el humus y la provocación propios del ecosistema
literario. Pondré un ejemplo frívolo: una obra literaria es como un partido de fútbol
completo, visto en el estadio. En cambio, la versión fílmica de esa obra literaria, es
como ver por televisión, en un resumen noticioso, los dos o tres goles del mismo partido.
Eric Bentley, ensayista inglés sobre dramaturgia, decía: «Quien adapta una obra
literaria para un lenguaje visual, tiene que proceder como uno de esos capitanes de barco
que, para evitar un naufragio, debe arrojar al mar carga preciosa».
Cada vez que al cine le da por guapear remolcando
la sintaxis de la literatura, sufre de eyaculación precoz. No en vano Truffaut decía que
«Una película es un tren que avanza rápido en la noche». La novela, en cambio, es un
tren lechero de vapor, que va por entre las tiendas con parsimonia, disfrutándose a
satisfacción la humana concurrencia en los andenes de las estaciones, fisgoneándose las
despedidas de los que se trepan y los besos de quienes se apean, chismoseando sobre
trajes, bajando las ventanillas para comprar botellas heladas, etc.
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