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Viernes, 3 de marzo de 2000

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Cine y televisión

Cine y literatura: Dos en uno no caben (I)

Por Lisandro Duque Naranjo

Entre las frases demoledoras contra la relación entre el cine y la literatura, la que más me ha impactado ha sido ésta de William Faulkner, de los tiempos en que fue guionista y adaptador de sus propias novelas en Hollywood: «El problema de convertir una obra literaria en una película, es que le piden a uno que suprima situaciones completas, que agregue escenas en las que uno no cree, que convierta en principales algunos personajes secundarios y que haga desaparecer personajes que para uno son entrañables e imprescindibles. Y ¿qué recibe uno a cambio?: Una fortuna».

Es muy curioso que un arte como el cine siga reincidiendo, sin escarmentar, en sus tentaciones por la literatura. Esa atracción fatal jamás podrá llamarse incestuosa, ya que entre el cine y la literatura los vínculos de consanguinidad son improbables y su parentesco político es bastante remoto. Que se sepa, Griffith inventó el primer plano en el cine porque se inspiró en algunos close-ups literarios de Dickens y de Emilio Zolá —el primero era obsesivo describiendo botoncitos rotos en el chaleco de un personaje, y el segundo magnificaba minuciosamente el vapor de una olla a presión—, y en cuanto a la literatura, es justo reconocer que, gracias al cine, perfeccionó con más audacia el manejo de las elipsis y hasta se permitió «visualizar» más algunas acciones, pero esos aportes recíprocos no fueron mas que regalos de protocolo que no tenían por qué forzar a los dos lenguajes al compromiso de la cohabitación permanente, máximo si cada cual tiene una vocación de celibato, o de castidad, e incluso de onanismo, que cuando les da por quebrantarla en alguna noche de euforia, yéndose juntos, lo que obtienen es un amanecer de remordimientos y recriminaciones. Cada vez que el cine se va tras las faldas de la novela por culpa de su falso complejo de Edipo, la literatura, madrastra desalmada, lo hace despertar solitario, desairado e inconcluso.

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