ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
—¿Te has fijado en sus colores o en ese niño que, como si de un fanal se tratase, ilumina toda la composición? Sin duda se trata de una de sus mejores obras; al fin y al cabo preside el retablo de la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, donde sus despojos iban a tener su última morada —dijo Luis Tristán, discípulo del cretense, al poeta.
—Ya lo sé buen amigo —contestó aquél—, de hecho pude ver cómo trabajaba en alguna ocasión. No sabes cuánta tristeza me produjo saber que sus restos no iban a descansar ante esta pintura genial, debido a la precaria situación que le tocó vivir en sus últimos años de vida, casi arruinado. Pero, ¡qué veo! —exclamó el escritor con cierta alegría—, si ahora me doy cuenta de que se autorretrató arrodillado ante el Salvador, como si de un pastor más se tratase. Sin duda vaticinó su último destino, por lo que ha preferido aparecer en su propia obra. ¡Este Doménico, cómo era...! — exclamó, iniciando una carcajada—. Por cierto, espero que te guste este soneto que le escribí el mismo día que me enteré de su muerte:
Al sepulcro de Dominico Greco, excelente pintor
Esta elegante, oh peregrino,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega al mundo más suave
que dio espíritu al leño, vida al lino.Su nombre, aún de mayor aliento dino
que en los clarines de la fama cabe,
el campo ilustra de ese mármol grave;
venéralo, y prosigue tu camino.Yace el Griego; heredó naturaleza
arte y el arte estudio, Iris colores,
Febo luces, si no sombras Morfeo.Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba y cuantos suda olores,
corteza funeral de árbol sabeo.