ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Seis años después de los acontecimientos acaecidos en Madrid en 1808, Goya se ofrece al regente don Luis de Borbón para «perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa».
Lejos de descubrirnos de forma grandilocuente los episodios más significativos de la guerra, tal como hacían en aquel momento los principales pintores de Europa, Francisco de Goya nos muestra de manera dramática, sin emblemas o banderas, sin héroes o generales, sin reyes o políticos, un alegato antibelicista ante las consecuencias terribles de la violencia desatada. De forma anónima, todos mueren, todos sangran, todos matan, todos sufren... Poco o nada debían de comprender del conflicto unos mamelucos egipcios en tierra lejana o un pueblo llano e inculto que vio rota su monótona existencia. Como el mismo Goya diría años antes en uno de sus caprichos: «El sueño de la razón produce monstruos». Sin duda la guerra es el más terrible de todos ellos.
Pasaron los años y aquellos protagonistas desaparecieron, aunque no las oscuras pasiones que llevan al hombre a la intolerancia, a la lucha irracional y a la muerte, una y otra vez. El destino provoca extrañas paradojas. En 1936 se inicia otra conflagración que sacude a ese mismo país que a Goya le tocó vivir. Las obras de arte custodiadas en el Museo del Prado comienzan un difícil peregrinar por la geografía española, bajo la violencia, la incuria y las bombas. Afortunadamente pocos fueron los daños producidos, salvo, ¡qué curioso!, en esta tela del maestro aragonés, y en menor medida, en su pintura compañera. En 1938 se produjo un fatal percance al estrellarse el camión que transportaba ambos lienzos con un balcón desprendido de una casa de la población levantina de Benicarló. Aún hoy se aprecian las terribles heridas sufridas por el cuadro, al perderse parte de la tela de su zona izquierda. No deja de ser asombroso que el destino fuera a elegir este cuadro de guerra para que la propia guerra, ofendida por el atrevimiento de Goya, dejase en ella sus zarpazos.