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Martes, 1 de junio de 1999

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ARTE / Claroscuro

El bufón Diego de Acedo

Por Marta Poza Yagüe

En la corte de los Austrias, los bufones eran generalmente enanos o personajes con alguna deficiencia psíquica o física. Tenían la misión de entretener con sus juegos a los pequeños infantes. Velázquez los pintará en numerosas ocasiones: se cuentan entre sus obras más célebres los retratos de Francisco Lezcano, el Niño de Vallecas; El bufón Calabacillas; o Don Sebastián de Morra.

Sin embargo, a pesar de su apelativo y de su baja estatura, Don Diego de Acedo no fue bufón, sino un funcionario de palacio encargado de la estampilla con la firma real. Hombre con fama de mujeriego, se le relacionó también con un crimen acontecido en 1643 en el Alcázar, por un asunto de faldas.

El pintor sevillano lo ha retratado sentado, vestido de negro, con amplio sombrero y rodeado de gruesos volúmenes, tal vez en alusión a su oficio de secretario o, como también se ha indicado, investigando sobre antiguos linajes y genealogías, actividad a la que debía de ser gran aficionado. El gesto altivo, la indumentaria de caballero y los utensilios de su trabajo pueden ser el recurso empleado para mostrar un personaje orgulloso de su condición, independizándolo de este modo del resto de los enanos de la corte. Como fondo, los perfiles recortados de la sierra de Guadarrama, que Velázquez emplea habitualmente para sus retratos reales.

Su figura ha fascinado al escritor Mujica Láinez, quien lo ha convertido en uno de los protagonistas de su obra Un novelista en el Museo del Prado, libro en el que los distintos personajes de los cuadros de la pinacoteca cobran vida cuando sus salas quedan vacías de visitantes. Este es el modo en que lo ha visto nuestro escritor:

DON DIEGO DE ACEDO, ‘el Primo’, el enano, es inquieto, imaginativo y fisgón. No hay en el Museo del Prado, recoveco que desconozca. Aprovecha las horas de holganza nocturna, para introducirse subrepticiamente en los grandes cuadros, y espiar lo que sucede allí. También se le suele encontrar en las escaleras o en las galerías, platicando con los próceres y con las finas damas, o mirando y oyendo, oculto detrás de las esculturas.

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