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Martes, 25 de junio de 2013

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Pasarlas moradas (2)

Por Pedro Álvarez de Miranda

En una entrega anterior mostramos que la locución verbal pasarlas moradas es el resultado de la transformación de otra previa y ligeramente distinta, pasar las moradas, documentable esta desde mediados del siglo xix. Ahora vamos a intentar dar respuesta a esa por lo general difícil pregunta que tantas veces trató de responder José María Iribarren en una conocida obra —en la que, por cierto, no se ocupó de nuestro modismo—: la pregunta sobre el porqué de tal dicho.

En un muy difundido libro de texto de Fernando Lázaro Carreter para el Curso de Orientación Universitaria, Lengua española: historia, teoría y práctica (1972) —qué tiempos aquellos en que los bachilleres estudiaban historia de la lengua— se incluye un ejercicio práctico cuyo enunciado pide al estudiante que señale «los vulgarismos madrileños» que aparecen en un pasaje del drama de José María Rodríguez Méndez Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga, pasaje en el cual el Pingajo, entre otras cosas, afirma que «nos las hacían pasar morás en la manigua». Evidentemente, ese morás por moradas era uno de los vulgarismos que el alumno debía detectar. Pero he aquí que, además de consignarlo, en el Memorándum para el profesor, complementario del dicho libro de texto, explicaba Lázaro lo siguiente:

Es vulgar hacerlas pasar moradas en vez de hacer pasar las moradas, locución que alude a las moradas que, según el famoso libro de Santa Teresa, debe pasar el alma para unirse con Dios.

Un pasaje de La tesis de Nancy (1968), de Ramón J. Sender, apunta en la misma dirección… aunque con dudas. Como se sabe, la protagonista de esta novela, una estudiante norteamericana, relata a una amiga lo que ve, oye y le sucede durante una prolongada estancia en tierras sevillanas. En un determinado momento, Nancy traslada a Betsy algo que le ha relatado su novio, Curro, y que terminaba (en referencia a un tercero) con un «El pobre las pasó moradas». A lo que ella añade, entre paréntesis: «Quiere decir que pasó grandes dificultades y pruebas espirituales por alusión —creo, aunque no estoy segura— a las siete moradas de Santa Teresa». Y luego sigue, un tanto redicha (y no muy exacta): «Pero usan el apócope; es decir, que Curro dice “las morás” en lugar de “las moradas”».

¿Entrañó entonces nuestro modismo, originariamente, una alusión al tratado de la santa, como afirmaba Lázaro Carreter? Estoy convencido de que no (y no solo por haber encontrado, como luego veremos, una explicación más plausible). Hay demasiada distancia, y no tanto cronológica, sino sobre todo cultural, entre ese monumento de la literatura mística y el medio popular en que surgió nuestra expresión. Ni siquiera me hacen cambiar de parecer unas coplas que Luis de Tapia publicó en La Libertad el 8 de octubre de 1922, pues creo que el chiste que contienen implica una reinterpretación humorística, a posteriori, de la literalidad del dicho; rezan así:

¡Madre Santa Teresa!
¡Doctora de altos vuelos!
Ante tu actual sorpresa,
estarás en los cielos
(al oír tantos bulos
y oratorias sagradas)
pasando las Moradas
(como dicen los chulos).

No creo que cueste mucho asentir a la evidencia de que el libro de Teresa de Ávila no ha sido nunca lectura predilecta de «los chulos». Ni tampoco de las capas populares de Andalucía, a las que inequívocamente nos han conducido, como vamos a ver, nuestras pesquisas.

Hay que decir, en primer lugar, que a lo largo del último cuarto del xix y primera mitad del xx es incluso más abundante la documentación de pasar las morás que la de pasar las moradas. En unas Fiestas reales de toros, «crónica tauromáquica» de José Santa Coloma (1878), leemos que «el Barbi pasó las morás» banderilleando; un personaje de El africano (1892), de Eduardo Navarro Gonzalvo y Ángel de la Guardia (una parodia de La africana), se queja de «haber pasao las morás / conquistando a bofetás, / y echando hasta los reaños, / lo poquito que hoy tenemos»; del mismo año es una redondilla de Rafael María Liern: «El que menos y el que más, / para llegar a buen fin / se pasa las de Caín / si no pasa las morás» (Madrid Cómico, 17 de diciembre). Es, de nuevo, frecuentísima la aparición de pasar las morás en las reseñas taurinas (un ejemplo, entre docenas de ellos posibles: «Sánchez Mejías pasa las morás para que cuadre el marrajo», The Kon Leche, 8 de septiembre de 1913). La locución, con esa forma sincopada del adjetivo, aparece desde luego en autores andaluces, como los Álvarez Quintero («pazando las morás», El patio, 1900), Muñoz Seca, López Pinillos, Federico Oliver, Fernando el de Triana, etc., pero es también un popularismo generalizado que ocurre en autores de muy diversas procedencias, como Pérez de Ayala («pasando pero que las morás», Troteras y danzaderas, 1912), Ricardo León («pasando las morás», Los centauros, 1912), Felipe Trigo («están pasando las morás», Jarrapellejos, 1914), Eugenio Noel («unas elecciones en las que pasamos las morás», Señoritos, chulos, fenómenos, gitanos y flamencos, 1916), Jardiel Poncela («pa que usté no pase las morás», Los ladrones somos gente honrada, 1941), Benavente («también decían mucho [ciertas señoritas] “pasar las morás”», Servir, 1953), etc. El uruguayo Carlos Reyles emplea la misma expresión en 1922 en El embrujo de Sevilla («le toca a él pasar las morás»). Pero, además de muy sevillana, llega a considerarse típicamente madrileña: «El Celta en la segunda división […] va a pasar las “morás”, como dicen en el Avapiés» (La Voz, 23 de noviembre de 1931). Y cuando nuestro modismo se acomode a la construcción pronominal (pasarlas), seguirá apareciendo, desde luego, la forma bisílaba del adjetivo, morás. Ya vimos un texto de 1919, y el de Rodríguez Méndez, y cabría añadir otros varios. Baste apuntar un fragmento de cierta jota aragonesa que publica el semanario La Hora el 16 de octubre de 1921: «No son solo los de Ansó / los que pasan la canal, / hay quien la pasa como ellos / y hay quien las pasa... morás»; o que Joaquín Edwards Bello escribe en El chileno en Madrid (1928): «La Paca arrugó el ceño y dijo gravemente: “Las está pasando morás”».

Dato esencial es que pasar las morás —volvamos a ella— tuvo una variante más extensa, pasar las morás y (las) partías. «El músico debía pasar, como dicen en Sevilla, las moraas [sic] y partías», escribe Eusebio Blasco en Mis devociones, 1886; «me está Vd. haciendo pasar las morás y partías, condesa», leemos en un breve diálogo de José de Laserna inserto en Los Lunes del Imparcial el 3 de abril de 1899. También aparece, claro está, en crónicas taurinas: «Ricardo Bombita, Lagartijo el chico y Machaquito pasaron las de Caín, o, más en flamenco, las morás y las partías» (La Lidia, 19 de noviembre de 1900). Y hasta en cierta pieza teatral de una escritora asturiana, Eva Canel (Agar Eva Infanzón Canel), Uno de Baler (1907), oímos lamentarse a un soldado: «Desde que estamos bloqueados se pasan las morás y las partías». Pero es que ya en 1869 —lo que nos acerca mucho a la primera documentación de pasar las moradas, que era, como se recordará, un texto de Valera de 1865—, en el Almanaque de los chistes para 1870, el modismo aparece con las formas plenas en una colaboración del sevillano Luis Mariani: «los inquilinos estarán pasando las moradas y las partidas».

Todo lo cual nos ha conducido hasta la averiguación del sustantivo al que apunta el artículo las de las morás, y de las partías: las aceitunas. Ya en los Romances y leyendas andaluzas (1844) del sevillano Manuel M. de Santa Ana encontramos unos versos de ambientación gaditana en que se habla de «merendá pescaíyas / vivitas, con aseitunas / gordas, morás y partías». Pero el dato clave nos lo proporciona una Memoria que obtuvo el accésit en el concurso abierto por iniciativa de S. M. el Rey… ante el Instituto de Reformas Sociales (sobre el tema «El problema agrario en el Mediodía de España»), su autor don Cecilio Benítez Porral, de 1904, en la que leemos lo siguiente:

En Andalucía alta la alimentación suele ser algo mejor (serranías de Granada, Almería y Jaén); pero el carácter de sobriedad no desaparece en absoluto en ninguna parte, ni aun en los grandes centros poblados, donde no es raro encontrar familias que se alimentan de lo que los sevillanos llaman con extraordinario gracejo y exactitud «las morás y las partías».

Y en este punto don Cecilio inserta una nota al pie en la que explica: «Modismo andaluz, que significa comer solo pan y aceitunas». Muchos años después, en un relato escrito por un historiador andaluz de nuestros días, Manuel García Parody, pero ambientado a principios del siglo xx, pervive el recuerdo de ese mismo hecho: «Que los alimentos escasearían y todo estaría limitado a los gazpachos, los cocidos, los tocinos y las morcillas con su ración de pan, cuando no a las “morás y las partías”» (Entre sombras, 1995).

La cosa es bien clara: pasar las morás y las partías, o, en su forma abreviada, pasar las morás, nació en Andalucía, y más concretamente en Sevilla, de la alusión a un hábito alimentario al que no tenían más remedio que acudir quienes más penalidades sufrían para procurarse el diario sustento.

Cuando el laborioso Rodríguez Marín incluyó en sus Más de 21.000 refranes castellanos (1926) uno que dice «Más gusta de las blancas el que pasó las moradas», comentó que «en Andalucía llaman pasar las moradas a pasar muchos trabajos, por referencia a las pintas del sarampión». Años antes había recogido una variante del mismo proverbio Fermín Sacristán: «Más gusta de las blancas el que pasó las negras» (Doctrinal de Juan del Pueblo, 1911), variante que lleva a descartar la interpretación de don Francisco, toda vez que las erupciones cutáneas de aquella enfermedad nada tienen de negras, y bien pensado tampoco de moradas. En realidad, el erudito de Osuna, buen conocedor de su tierra, había apuntado en la buena dirección en una de las narraciones de sus Quisicosillas (1910), en la que dejó escrito: «Nuestro hombre pasaba las moradas (y aun las verdes, como, confundiendo festivamente pesares con aceitunas, dicen los sevillanos)».

Y es que, en efecto, en torno a pasar las morás y las partías cabe documentar toda una constelación de variantes del modismo, más o menos imaginativas o incrementadas, en las que se barajan distintos tipos y colores de aceitunas:

Pulga y Moyano pasaron las negras y las partías para meter los tres pares a la media vuelta (El Imparcial, 6 de noviembre de 1911).

Le hizo ir al cuarto donde Juan pasaba las verdes y las morás (Juan A. Vázquez, El que nace para ochavo, novela de ambientación sevillana, en Por esos mundos, agosto de 1908).

Al día siguiente corrió por Sevilla que los guardias habían encontrado al Chavalillo «tajá perdío», y que pasaron «las negras y las morás» para hacerle entrar en razón (Alejandro Pérez Lugín, Currito de la Cruz, 1921).

El equipo, que de medios para atrás se conduce bien, tiene que pasar «las moradas y las negras» para salir airoso (La Voz, 5 de enero de 1931).

La apoteosis la alcanza un cronista de El Imparcial: «Bombita III pasó las negras y las partías y las morás y las enteras» (3 de septiembre de 1906). Al repertorio se añade encarnás en unas declaraciones del gran Belmonte: «Pero, hombre, ¡si las hemos pasado negras, encarnás, morás, de todos colores!» (Por esos mundos, julio de 1913); y en otra entrevista, la que le hace Luis Uriarte a Carlos Arniches, dice este en muy parecidos términos, evocando las penurias de su juventud: «¡Las pasé negras, moradas, encarnadas y de todos los colores!» (El retablo de Talía, 1918). Nótese, por cierto, que estas dos últimas citas anticipan unos pocos años la datación de la construcción pronominal, que no habíamos encontrado, hasta ahora, antes de un pasarlas morás de 1919.

No tema el lector. Tan prolija exposición de la trayectoria de pasar las moradas y pasarlas moradas hace casi innecesario abordar la muy probablemente paralela que habrán seguido pasar las negras y pasarlas negras, habiéndosenos hecho ya evidente por lo demás, a estas alturas, que ese otro adjetivo de color, negro, remite también, con el plus de negatividad que su semantismo aporta, a la correspondiente variedad de aceitunas.

Nada que ver con estas tiene, desde luego, el pasar las de Caín con que más arriba nos hemos tropezado. Ni tampoco el muy vulgar pasarlas putas, ni el más bien impenetrable —¿acaso eufemístico del recién mencionado?— pasarlas canutas; locuciones estas dos últimas, según parece, bastante más modernas, surgidas cuando ya el verbo pasar se había afianzado, para toda esta serie sinonímica, en la construcción pronominal.

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