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Lunes, 24 de junio de 2013

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CULTURA Y TRADICIONES

Aguas legendarias (3)

Por Eva Belén Carro Carbajal

Las fuentes son lugares de tradición mítica, a las que ya nos hemos referido en un rinconete anterior. Sus aguas sirven para calmar la sed, pero también se beben para lograr belleza y salud, obtener la curación de una enfermedad, atraer la buena suerte, propiciar la fecundidad y un largo etcétera. Especialmente si se toman en el día dedicado a san Juan Bautista (24 de junio).

En toda la península ibérica está generalizada la costumbre de beber de determinadas fuentes el día mágico de San Juan. Forma parte de antiguas tradiciones precristianas que se vienen desarrollando con motivo del solsticio de verano, en las que también se incluyen las famosas hogueras que se realizan en su nombre. Se dice que es el día más largo del año y, en consecuencia, la noche más corta. El agua por San Juan tiene un poder especial, sobre todo de madrugada, antes de que nazca el sol.

Uno de los misteriosos prodigios de esta noche es la denominada flor de agua. En su existencia creían las gentes de todo el norte de España. El reconocido músico y folclorista Joaquín Díaz la describe de la siguiente manera:

En la mañana de San Juan aparecía sobre la superficie de ríos, estanques, fuentes y lagos la llamada flor de agua, extraña maravilla que hacía feliz a quien tuviera la suerte o la previsión de cogerla. Muchachas casaderas acudían con el alba a cortar esa flor que, además de transmitirles su poder lustral (muchas se bañaban desnudas a medianoche para no tener enfermedad ninguna en los doce meses siguientes), las introduciría dentro del mundo de la mántica, permitiéndoles conocer si contraerían matrimonio en el curso del año.

Existen diferentes versiones del romance que narra dicho prodigio, entre ellas las del profesor Luis Cortés Vázquez, que recogió varias cristianizadas. Veamos un ejemplo:

La mañana de San Juan,     cuando el día alboreaba,
salió la Virgen María     al pie de una fuente clara.
Lavó sus benditos pies,     lavó su bendita cara.
Después de haberse lavado     la bendición echa al agua:
«Bendita sea la mujer     que aquí viniere a por agua».
La hija del rey, que la vio,     desde el balcón de su casa,
muy aprisa se vestía,     más aprisa se calzaba;
se quita el vestido de oro     y se viste de serrana,
coge su cántaro nuevo     y a la fuente va a por agua,
y en el medio del camino     con la Virgen se encontraba.
—¿Adónde va la doncella     tan pronto y tan de mañana?
—A por agua voy, Señora,     a coger la flor del agua,
y también vengo a saber     si mi suerte es ser casada.
—Casadita tú has de ser,     por lo bienaventurada,
tres hijos has de tener,     todos tres para batalla,
y una hija has de tener     monjita de Santa Clara,
y si no lo quiere ser,     será la reina de España.

La flor de agua, sin embargo, sigue intrigando a los investigadores. Algunos, como el sabio Julio Caro Baroja, creen que esa flor es, simplemente, un recurso poético (imagen metafórica), y que se trataría de la capa más superficial del agua, sobre la que inciden las primeras luces del alba. El profesor Alonso Romero aduce que en Asturias la primera moza que conseguía coger la mágica flor colocaba en la fuente una rama como señal para que las jóvenes que llegaran después vieran la fuente enramada y se pudieran dirigir a otro manantial que no hubiera sido visitado.

Actualmente siguen teniendo lugar diferentes prácticas ancestrales durante la noche de San Juan. En relación con la contemplación del movimiento del agua, por citar una anécdota, con el fin de adivinar el futuro, san Isidoro de Sevilla consideraba que la hidromancia consistía en evocar, mediante la observación del agua, las sombras de los demonios, ver sus imágenes o espectros. En algunos lugares de España las jóvenes, alejadas de fuentes y de arroyos, colocan la noche de San Juan en sus ventanas vasos de agua con una clara de huevo para poder vislumbrar, al amanecer, la imagen del que será su prometido. Práctico, pero ¿eficaz?

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