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Lunes, 10 de junio de 2013

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Pasarlas moradas (1)

Por Pedro Álvarez de Miranda

Todo el mundo conoce y emplea la expresión pasarlas moradas. Según la definición que para ella ofrece el diccionario de la Academia, equivale a «encontrarse en una situación difícil, dolorosa o comprometida». Ingresó en dicho diccionario en el Suplemento de la edición de 1970, en el que se definió como equivalente de pasarlas negras; era entonces esta última locución, también nueva en dicho Suplemento, la que llevaba la definición que hemos copiado, pero en 1992 se invirtieron los términos: la definición extensa se insertó en la locución pasarlas moradas, y pasarlas negras se definió mediante remisión a pasarlas moradas, lo que indicaría una mayor frecuencia de uso de esta. El Diccionario del español actual dirigido por Manuel Seco define ambas como «pasar grandes apuros y dificultades».

¿Desde cuándo se emplea pasarlas moradas? Como siempre, solo podemos responder tratando de precisar desde cuándo se documenta, lo que en este caso nos lleva a retroceder más o menos un siglo. En un artículo sobre fútbol de la revista Madrid-Sport del 23 de diciembre de 1920 se dice de los árbitros que «siempre las han pasado “moradas”», entrecomillando el adjetivo. Pero ya más de un año antes, en el semanario satírico El Mentidero del 15 de marzo de 1919, podían leerse estas pullas contra el político izquierdista Marcelino Domingo:

En cuanto la gente comiera como Dios manda, aquí se volvía conservador hasta Marcelino Domingo. Y no es decir que don Marcelino se alimente mal, ni mucho menos […]. Lo que ocurre es que él ha descubierto el bonito truco de nutrirse a todo meter, porque detrás de él hay gente que las pasa «morás» y que no come caliente.

Esa forma popular sincopada, morás, volveremos a encontrárnosla con reiteración. Añadamos, de momento, que los ejemplos de nuestra locución se suceden ya con regularidad desde entonces (y desde luego llegan hasta hoy): «muchos equipos de primera categoría las pasarían moradas» (Madrid-Sport, 21 de septiembre de 1922); «con tanta hoja de morera las estaban pasando moradas los gusanos de seda» (Ramón Gómez de la Serna, en La Esfera, 4 de mayo de 1929); «el matrimonio las está pasando moradas, casi cardenalicias» (Gutiérrez. Semanario español de humorismo, 25 de octubre de 1930); «en cuanto a los judíos [en Alemania], los pobres las están pasando moradas» (Heraldo de Madrid, 15 de marzo de 1933); «las pasó moradas y aun de otros colores» (Roberto Gómez, Charlas de café sobre la guerra civil española, 1937); «mujer e hijos pasándolas moradas no se sabía dónde» (Max Aub, Campo cerrado, 1943); «el hombre se quedó sin pierna, y hasta que le pudieron poner el taco de pino hubo de pasarlas moradas» (Cela, Esas nubes que pasan, 1945); etcétera.

Ahora bien, desde bastante antes de que se dijera, o más bien se escribiera, pasarlas moradas, se decía —o se escribía— algo que prosódicamente es muy parecido pero gramaticalmente bien distinto: pasar las moradas. Allí las es pronombre, aquí es artículo.

Pasar las moradas lo documento desde 1865. En una crónica parlamentaria del periódico madrileño El Contemporáneo del 10 de junio de dicho año leemos lo siguiente:

Los que tuvieron la rectitud bastante para no olvidar sus promesas después de pasar las moradas, como dicen en nuestra tierra, tuvieron que irse con la música a otra parte.

El artículo no lleva firma, pero al final de este y otros números del diario se indica que el responsable de todo lo no firmado es «José Aguirre». Pues bien, bajo este seudónimo se ocultaba nada menos que don Juan Valera; de modo que esa tierra «nuestra» donde «dicen» pasar las moradas es Andalucía. Retengamos el dato.

Poco después, en el Boletín de Loterías y Toros del 24 de agosto de 1868 se habla de un diestro que «pasó las moradas» con un astado que se llamaba —por algo sería— Huracán; y cabría espigar muchos otros ejemplos similares en las crónicas taurinas. En la novela Trabajos de Sísifo (1891), del lebrijano Lorenzo Leal, leemos que el campo, debido a la sequía, «les tenía pasando las moradas» a quienes vivían de él; el sevillano Luis Montoto escribe: «Después de manejar muchos librotes, discurrir no poco y pasar las moradas…» (De re literaria, 1909); en un artículo de La Voz (18 de agosto de 1924) Santiago Vinardell comenta, relatando un viaje en monoplano: «¡Pasé las moradas!»; y un personaje de Baroja sentencia que «para un hombre que ha pasado las moradas, eso de comer bien…», dejando la frase en suspenso (Locuras de carnaval, 1937). En fin, Federico Carlos Sainz de Robles, en la «Nota preliminar» a las Obras literarias completas de Cajal escribe en 1947, refiriéndose a este: «En esta isla [Cuba], durante dos años, como decimos los irremisiblemente clásicos, el flamante médico y mucho más flamante capitán pasó las moradas». ¿Estaba sugiriendo que lo «clásico» era emplear pasar las moradas y no pasarlas moradas, forma ya habitual a la altura de 1947? Es probable que sí.

Es sabido que existe en español un buen número de construcciones o locuciones verbales que incluyen un pronombre personal átono para el que no cabe identificar un referente preciso. Dicho pronombre puede ser un lo más o menos interpretable como neutro, como en pasarlo bien o en «se lo tiene muy creído» (o en el más moderno «¡cómo te lo montas!»). Pero tal lo tiene un empleo bastante reducido en comparación con el que alcanzan las formas femeninas. Y así, ese mismo pasarlo bien es en América pasarla bien, y existen dársela a alguien con queso, tomarla con uno, pegársela a alguien (‘engañarlo’), jugársela (‘arriesgarse’)…; y sobre todo —y es lo que más nos interesa—, en no pocos modismos el pronombre es el femenino plural las: dárselas (de algo), habérselas o vérselas (con alguien o algo), sabérselas todas, vérselas y deseárselas, arreglárselas, apañárselas, ingeniárselas, gastarlas («hay que ver cómo las gasta»), pagárselas (a alguien: «me las pagarás»), traérselas («esto se las trae»), matarlas callando, etc.; (se trata, por cierto, de un femenino plural que cabe poner en relación con el que, también sin un referente identificable, aparece en no pocas locuciones adverbiales: a oscuras, a escondidas, a tontas y a locas, a las claras, de oídas, de veras, por las bravas, etc.).

Pues bien, en ese grupo de construcciones pronominales con las entra, como es evidente, nuestro pasarlas moradas: el conjunto de ellas fue como un imán que llevó hasta su terreno, reinterpretándola y reformulándola, la construcción originaria, que era sin duda, como hemos visto, pasar las moradas.

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