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Lunes, 3 de junio de 2013

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MÚSICA Y ESCENA

Eppur si muove (XX). Pablo despiegto mientgas yo dogmía

Por Alba Bergua Muntoner

Mi hermana y yo la escuchábamos muchas veces en el coche, de camino al colegio. El viaje duraba más o menos media hora, así que entre la ida y la vuelta podíamos oír la cinta casi entera. Eran veinte canciones y no recuerdo que fueran muy largas; que eran veinte lo he sabido ahora, porque nunca las llegué a contar entonces. El que cantaba, nos decía mi madre, se llamaba Pablo Milanés y era cubano. Pero a veces lo acompañaban mujeres y hombres cuyas voces ya conocíamos de otras cintas, de otros viajes: Ana Belén, Víctor Manuel, Serrat, Aute, Miguel Ríos. También nos habían hablado de Amaya Uranga, que era una de Mocedades, y del de la voz tan aguda, Silvio Rodríguez, que cantaba una muy triste. De los demás, Chico Buarque y Mercedes Sosa, nos quedamos con el nombre nada más; no volvimos a saber nada de ellos hasta mucho tiempo después. El disco se llamaba Querido Pablo.

Había una canción, «Si el poeta eres tú», que empezaba con un poema recitado por un hombre que no pronunciaba las erres. Muchos años después, vuelvo a escuchar ese poema en Internet y veo que el hombre sí pronuncia algunas erres; casi todas, de hecho. Pero en mi memoria el poema tiene un solo verso largo y ninguna erre y yo soy capaz de reproducirlo entero desde el principio hasta el final, sin equivocarme, mi hegmano despiegto mientgas yo dogmía, mi hegmano mostgándome detgás de la noche su estguella elegida.

Entonces no sabíamos quién era el hombre de la erre —quizá otro amigo, como Serrat y Aute y compañía—, ni por qué tenía un hermano y no lo había visto nunca pero no importaba; cómo no ibas a conocer a un hermano y cómo no iba a importarte, me ha confesado mi hermana que pensaba al oír aquello. Tampoco sabíamos quién era el comandante que había tumbado estrellas en mil noches de lluvias coloridas. Cuando en otra canción escuchábamos «Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada», yo no sabía si Santiago era la de Compostela o cuál; me quedaba pensando en el lugar tan raro que ocupaba ese adverbio en la frase y en lo mucho que arrastraba Serrat las palabras, y enseguida llegábamos a la siguiente canción, que hablaba del Caribe y de un hombre que jamás podría pisar tierra firme porque le inhibía. Cuando más adelante el tal chico Buarque —para nosotras chico iba en minúscula— cantaba «La vida no vale nada si no es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama», yo, que no sabía lo que eran las conjunciones, interpretaba como causal lo que era final, y entonces lo entendía todo al revés, y no sabía qué pensar. En esa misma canción, tardé años en darme cuenta de que lo que preparaba el enemigo era otra celada y no otras heladas; en otra, Milanés decía «se fue mi adolescencia» y yo oía algo como «se fue meando la esencia».

A mí me sonaba muy raro que, en una supuesta canción de amor, el cantante —él hablaba siempre de cantor, no de cantante— le dijera a su amada que sus manos no eran hermosas y que no veía estilo en sus dedos; y que en otra ni siquiera le hubiera preguntado si se iba a quedar, y que aunque ella no fuera perfecta y le rompiera los esquemas él la prefiriera incluso compartida. Que hubiera tantas letras tristes que hablaran del tiempo y de ponerse viejo y del cansancio, y a la vez tantos versos de gratitud, de luz, de canto y de vida, de tener la tierra y el mar, de poder descansar en una pieza, una mínima pieza (¿cómo era posible eso?), de todas las flores de abril. Y recuerdo sobre todo la canción que más me gustaba, en la que Pablo le decía a Amaya que no bastaba que le quisiera y que muriera por él; que hacía falta carne y deseo también, decía, y para mí aquello era terrible y nunca me atreví a preguntar nada a mi madre.

Había muchas más cosas que no entendíamos o en las que directamente no pensábamos. Los cinco picos, las cuatro bocas, algunos nombres propios, un pájaro gris que estaba preso y cantaba pidiendo la muerte, unos hermanos que se miraban con temor, un cantor que no arriesgaba su cuerda por no arriesgar su vida. Volar con el machete en las alas.

Yo tenía nueve años, mi hermana siete. Hoy ya no trago a la mayoría de los participantes en aquel homenaje; a otros, en cambio, los admiro más que antes. Supongo que es normal. En todo caso, recuerdo aquel disco como uno de los más importantes que he escuchado nunca. Aunque reconozco que no puedo separarlo de nuestros viajes en el coche.

Casi quince años después, a Pablo Milanés le hicieron otro homenaje que se llamó Pablo querido. No lo he escuchado entero; para mí no es igual.

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