Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Cultura y tradiciones
Viernes, 29 de junio de 2012

Rinconete

Buscar en Rinconete

CULTURA Y TRADICIONES

Jaras y jarales

Por Eva Belén Carro Carbajal

La primavera constituye la mejor época del año para acercarse al patrimonio etnobotánico. La profusión de vivos colores y de frescos aromas, todos diversos, ofrece una hermosísima amalgama natural que no deja a nadie indiferente, más bien al contrario. En otra ocasión nos hemos referido a la importancia de los bosques, pero no debemos olvidar el importante papel que desempeñan los arbustos y los matorrales.

Las jaras embellecen los montes durante la floración. Los jarales conforman uno de los ecosistemas más comunes y característicos de la España mediterránea, y en cada primavera ponen una bonita (aunque efímera) nota de color. Es frecuente que nazcan entre encinas, alcornoques y quejigos. Su flor es grande y blanca, formada por cinco pétalos blancos que pueden presentar una manchita de color rojizo o marrón oscuro en su base.

La peculiaridad de los jarales radica en el ládano que generan. El ládano es esa sustancia pegajosa que impregna los dedos cuando tocas las hojas del arbusto. Esta resina aromática es muy apreciada y se utiliza en perfumería y cosmética desde hace años. Hasta 1950 la provincia de Zamora era la mayor productora de ládano de toda España. Antiguamente se extraía cociendo la planta y separando la codiciada sustancia del resto. Testimonios orales recogidos en la comarca de Tábara relatan la laboriosidad del proceso, en el que participaba toda la familia. Incluso se repartían los jarales que existían en las tierras comunales, dividiéndolos en quiñones o lotes. Después de cocer las jaras en grandes calderas de cobre y con el cuidado de no dejar de remover, la espuma cérea o ládano quedaba en la superficie; una vez solidificada la colada en los moldes, se formaban los panales, que se vendían posteriormente a muy buen precio. Dicha tarea se conocía normalmente como «hacer droga».

De hecho, se cree que es el propio ládano el responsable de inhibir la germinación de otras especies herbáceas, ya que es frecuente que los jarales conformen extensas masas cerradas en lugares expuestos y soleados.

La jara es una de las especies con mayor interés etnobotánico. Los hermanos Gallego Carricajo señalan que también se utilizaba como material de construcción para las techumbres en la arquitectura popular. Con ella se formaba la ripia o estrato intermedio de relleno, situada entre las tejas y las vigas transversales que constituyen la armadura del tejado. La ripia forma el verdadero revestimiento, que cubre y aísla el interior de la construcción. Los arbustos no se colocaban verdes, sino que había que prepararlos para que ofrecieran consistencia y densidad. De esta manera, las jaras se prensaban para que quedasen secas y compactas.

Asimismo, la jara se empleaba como combustible; debido a su facilidad de combustión, servía para encender el fuego. También con su leña se elaboraba el cisco que permitía dar calor en los braseros. Precisamente era una planta muy apreciada para hacer cisco, ya que alcanza altas temperaturas y se obtiene mayor proporción de cisco que con otras especies vegetales. Para elaborarlo había que amontonar las ramas y prenderlas; a diferencia del carbón, era necesario detener su combustión con agua.

Desde el punto de vista medicinal, el agua donde se cocía la jara era utilizada para curar los sabañones de las manos. Las heridas que se producían en el ganado también se desinfectaban con el agua resultante de su cocción. Además, se podían emplear las ramas de las jaras para entablillar las patas de las ovejas cuando se rompían.

Es habitual que los jarales se sitúen en lugares que han sido quemados, lo cual favorece la reforestación del terreno y su recuperación paulatina. Confiemos en que este verano no tengan que utilizarse para repoblar ningún monte que haya quedado (con o sin intención) carbonizado.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es