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Martes, 26 de junio de 2012

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Cine y televisión

El cortometraje español (14). El silencio entre los disparos, de Lluís Escartín (2012)

Por Jara Yáñez

Después de Amanar Tamasheq, aquel impactante, radical y siempre poético cortometraje con el que Lluís Escartín narraba la violencia a la que debe hacer frente a diario el pueblo tuareg del desierto de Mali, el realizador catalán volvió a exponerse, en primera persona y desplazándose al lugar de la acción, a la realidad más cruda, allí donde la vida se hace intensa y el mundo bulle, para proponer una nueva reflexión crítica sobre el abuso de poder. The Silence Between The Shots (2012),1 el resultado de ese viaje (físico y mental), es una pieza de treinta y cinco minutos sobre la revolución egipcia después de las concentraciones en la plaza Tahrir. Con ella, Escartín retrata de nuevo la violencia para evitar, una vez más, su representación directa. Esta vez, sin embargo, la solución formal del asunto resulta ser el reverso de la propuesta que hacía con Amanar Tamasheq. En aquella obra el espectador recibía la violencia a través de las duras declaraciones de los propios tuareg describiendo su sufrimiento, su dolor y las atrocidades que soportan a diario. Pero esos testimonios, reelaborados, aparecían en forma de subtítulos mudos superpuestos a unas imágenes que nunca mostraban la barbarie. Sin una gota de sangre en pantalla, las imágenes registraban solo los cánticos, los rostros y las escenas cotidianas de su vida, de tal forma que la seducción de la belleza de lo mostrado escondía, en un sustrato más profundo, el trauma de la violencia. Un mecanismo narrativo radical que daba a aquel trabajo una fuerza revolucionaria inédita y sorprendente.

En esta ocasión, Escartín opta por una resolución formal más convencional, más propia del documental «al uso», en la que las declaraciones se suceden ante la cámara en forma de «bustos parlantes». Son de nuevo los testimonios los que construyen el corto, pero en esta ocasión, la banda sonora y la banda de imagen se corresponden con exactitud. La revolución se explica entonces, a través de los entrevistados, como la puesta en común de un malestar individual pero generalizado que, en el encuentro, se expresa de manera colectiva. Pero para llegar a la revolución es necesario huir del miedo: «En la vida no hay nada seguro. Ir a una revolución no es más peligroso que cruzar la calle: se puede morir en ambos casos», dice una de las entrevistadas. La muerte se convierte entonces en un sacrificio del individuo por la colectividad. Convertida en belleza, la muerte hace fuerte al pueblo que, sin miedo, lucha inquebrantable. Escartín introduce entonces en su pieza una reflexión transversal gracias a la cual la expresión artística (y el propio corto, en tanto que tal, incluido) se convierte en el arma más libre, poderosa y, al cabo, revolucionaria, de que dispone el hombre frente a cualquier forma de autoritarismo. Una reflexión metalingüística gracias a la cual el propio Escartín se convierte también en revolucionario y gracias a la cual es posible interpretar el corto como una invitación a la rebelión. La potencia evocadora, poética, desgarradora en ocasiones, de los testimonios, así expuestos, da sentido al ascetismo estético del film.

El corto se cierra con una coda final en la que Escartín pregunta sobre el sonido de la revolución: «¿Cómo sonaron aquellos días?» Es entonces cuando aparecen los «silencios entre los disparos». Porque es en esa fracción de segundo, entre disparo y disparo, en ese silencio fugaz, donde el abismo entre la vida y la muerte se anula. Porque es en ese espacio-tiempo milimétrico donde es posible localizar la libertad, aunque… como dice otro de los testimonios: «La libertad no existe, pero el camino a la libertad es la libertad misma». ¡Y viva la revolución!

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  • (1) Que pudo verse en el IX Festival Internacional de Documentales de Madrid, Documenta Madrid, el mes de mayo de este año. volver
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