Ciencia Y TÉcnica
Por Andrés Carrobles
En que el Sol no tenga nada que ver con la Luna radica la tragedia del calendario y también en que nuestro tiempo de circunvalación al Sol, nuestro año solar, dure 365,2422008 días solares. Esta enojosa fracción hay que escamotearla de alguna manera y no hay otra que el irla acumulando para hacer un día —o semana— completo que se cuelga, como aditamento, cada número determinado de años.
Miguel Masriera, La Vanguardia, 9 de agosto de 1966
«Pues sí: sí hay otra», debió de pensar Julio Ortiz Conejo cuando leyó este artículo, un 9 de agosto de 1966, en el jardín de la casa de su hija pequeña, en Barcelona. «Hay otra, que es la que propuse yo en 1918, pero nadie me hizo caso, no, ni ahora tampoco», debió de pensar Julio Ortiz Conejo; y tal vez pasó a la página anterior del periódico —porque quizá él leía el periódico al revés, como tantas otras personas—, a la página 8, donde se anunciaba la liquidación de todos los remanentes de verano, a precios excepcionales, en SEPU. Y acaso pensó entonces, reproduciendo el eslogan: «Quien calcula compra en SEPU», y quién sabe: acaso en ese momento le dio por recordar sus cálculos de aquellos lejanos años diez, cuando intentó cambiar el mundo.
Ortiz Conejo había nacido en Gijón, el 29 de febrero de 1880. No puede decirse que lo suyo fuera una vocación científica temprana; pero sin duda la fecha peculiar de su nacimiento propició que desde muy niño se formulara ciertas preguntas, de esas que no se hace todo el mundo. Acostumbrado a celebrar su cumpleaños siempre fuera de hora, Ortiz Conejo se convirtió en un muchacho resistente, tranquilo, tenaz. Para cuando llegó 1900, año divisible por 100 y por lo tanto no bisiesto, el joven asturiano ya se había dejado bigote y llevaba una temporada viviendo en Zaragoza, en cuya facultad de Exactas estudiaba sin pena ni gloria cálculo infinitesimal con el profesor Zoel García de Galdeano. Allí se estableció y, tras abandonar sus estudios, allí contrajo matrimonio y vio nacer a sus seis hijos.
En 1912, cuando la reforma del calendario gregoriano se da por hecha en los periódicos, Ortiz Conejo —ahora profesor de matemáticas en una pequeña escuela del municipio de Arándiga— se pone a pensar. Y llega a la conclusión, ingenua y lúcida, de que así no se hacen las cosas. Es decir: si el ser humano ajusta cuentas con la naturaleza una vez cada cuatro años, el día 29 de febrero, entonces camina durante todo ese viaje cojeando: de cero a seis horas el primer año, de seis a doce el segundo, de doce a dieciocho el tercero y casi un día completo, lo cual ya es escandaloso, el cuarto año. ¿Qué calendario es este, qué vergüenza, qué claudicación ante los elementos?
Entonces lo comprende. Comprende que nadie es capaz de cuadrar el año porque nadie ha pensado ni por un instante en tocar el día, las horas, los minutos, los segundos. Se han rendido de antemano, han asumido el error porque el error les resultaba útil. Pero el error se acumula, piensa Julio Ortiz Conejo, y para corregirlo nos inventamos días: días que no existen, que son el resultado de nuestros errores. Pero eso tiene que cambiarlo alguien; y Ortiz Conejo, enamorado de la precisión, decide que va a encargarse él.
Para construir un calendario fiable, hay que redefinir conceptos. Si el día tiene 86.164 segundos, y no 86.400, como burdamente nos empeñamos en creer; si el año tiene 31.470.785 segundos, y no 31.536.000, como la tradición nos ha enseñado; si todo esto es así, entonces hay que abandonar el sistema sexagesimal, el decimal y todos los que hasta ahora rigen en nuestro modo de hacer —mal— las cosas.
Ortiz Conejo da un puñetazo en la mesa, se pone a hacer cálculos, traza rectas y curvas y actualiza las unidades de medida y su ambigua relación. Se inventa otras: el longo, el medio, etcétera. Tarda seis años y once meses —según el sistema de medida habitual— en llegar a una conclusión satisfactoria. Después, en 1918, publica un opúsculo (Sobre la reforma de la medida del tiempo) que le tiran a la cara, primero en el arzobispado de Zaragoza y después en varias universidades: por inútil, por inaplicable y por confuso, pero también —y esto es lo que más le duele— por inexacto. A partir de entonces, se puede decir que técnicamente es un loco. Seguirá dando sus clases, sin volver a presentar ningún proyecto a nadie, hasta los años cincuenta, momento en que se marcha a vivir con su hija a Barcelona. En octubre de 1966, con motivo de los siempre inminentes proyectos de reforma del calendario, el Eco de Luarca lo entrevista y él explica brevemente su propuesta de 1918. Sin entusiasmo, sin convicción, sin que se entienda casi nada. Le proponen un reportaje, un diálogo en la prensa con Isidoro García Serrano. Él se niega. Ya no volverá a aparecer en público.
El 6 de septiembre de 1979, Julio Ortiz Conejo no se despertó. Había vivido veinticuatro veintinueves de febrero. En un momento indeterminado de esa noche se quedó dormido para siempre.
Murió como Abraham: en buena vejez, anciano y lleno de días.
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