LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Los dos textos más antiguos que he podido hallar para la palabra excursionista son del año 1856. Uno de ellos pertenece a un autor colombiano de novelas de tema indígena, Felipe Pérez, y corresponde a la primera de las suyas, Huayna Capac:
La luz era producida por un pueblecillo indíjena, donde, gracias a la quietud de la noche i la estrema confianza de los indios, penetró el escursionista tomando cuantos víveres encontró al paso.
Ya se ve que la excursión que hace este «escursionista» es más bien una incursión en territorio hostil. Estamos, pues, ante un raro ejemplo en que el derivado recoge todavía la antigua significación de la palabra de la que procede. Otro tanto ocurre cuando el periódico madrileño El Clamor Público informa el 9 de septiembre de 1860 de lo siguiente: «De Londres han salido 600 excursionistas (así llaman en Inglaterra a los garibaldinos)»; y es que, en efecto, los integrantes de una legión británica que entonces participó en la guerra de Italia se llamaron «the Garibaldi Excursionists». En fin, algún que otro texto del xix muestra un valor de la palabra que no es el que corresponde a un viaje de mero recreo, sino más bien el de ‘expedicionario’; así, en la Revista Hispano-Americana del 27 de agosto de 1865 se aplica a los técnicos que desde un barco trataban de tender un cable telegráfico entre Europa y América, y en El Siglo Futuro del 9 de noviembre de 1876 a los miembros de una expedición inglesa al Polo Norte.
En cuanto al otro texto de 1856, pertenece a la traducción de una novela inglesa publicada en Madrid, Fabiola o la Iglesia de las catacumbas, de Nicholas Patrick Wiseman («traducida del inglés al castellano», asegura la portada), y nos depara el primer ejemplo en que nuestro neologismo tiene ya el sentido que predominantemente tendrá en lo sucesivo, el significado, digámoslo así, no solo ‘pacífico’ sino meramente ‘recreativo’:
Los relieves los constituían allí las blancas velas iluminadas por el sol de los yacs, las galeras, los botes de recreo y los barcos de los pescadores, de donde salían aquí las estrepitosas carcajadas de los escursionistas, allí los cantos y los sonidos del arpa de una reunión de familia.
Añadamos que el uso de la palabra española está ahí, desde luego, condicionado por el original inglés (1854), en el que se puede leer, precisamente, «… from some of which rose the roaring laugh of excursionists».
José M. Samper, en un libro de 1862, los Viajes de un colombiano en Europa, emplea reiteradamente excursionista: «Suiza, país tan visitado por los excursionistas europeos…»; «nada más grato para el excursionista admirador al mismo tiempo de la naturaleza y las obras humanas»; «la curiosidad inocente de muchos excursionistas»; etc. Y a partir de los años sesenta del siglo xix abundan en la prensa los ejemplos de la palabra (escrita a menudo con -s-, escursionista). La Correspondencia de España del 26 de agosto de 1860 habla de «un viaje que el Grande Oriental ha hecho desde New York al Cabo Mary, cargado con dos mil escursionistas yankees», y precisa que se trata de una «escursión de recreo». El Clamor Público del 14 de septiembre de 1861, de un accidente ferroviario en Inglaterra: «El día en que ocurrió hacía un tiempo bellísimo y los escursionistas a Keu [= Kew] y Richmond se elevaron al número de 6.000 a 7.000 personas». El excelentemente documentado Diccionario de términos deportivos de Recaredo Agulló (2003) aduce para nuestra palabra este texto del Diario Mercantil Valenciano del 18 de septiembre de 1861: «Los escursionistas nos invaden a centenares y quedamos empaquetados como sardinas en barril»; cotejado en el periódico, comprobamos que pertenece a un artículo titulado «El domingo en Londres», en el que se narra una excursión por el Támesis; dos días antes, por cierto, había aparecido también en La Época.
Como se ve, varios de los ejemplos citados podrían sugerir que la palabra española fuera un préstamo del inglés; excursionist, según el diccionario de Oxford, se documenta desde 1830 (y es vocablo que en dicha lengua fue declinando en el uso a lo largo del siglo xx). Ahora bien, también en francés existía, desde 1852, excursionniste (de acuerdo con el Trésor de la langue française), y hay textos españoles que pueden estar condicionados o inspirados por una fuente francesa. En El Monitor de la salud de las familias y de la salubridad de los pueblos del 15 de julio de 1864 pudo leerse:
En París es muy común, durante los meses de primavera y verano, hallar profesores que, mediante una módica retribución, dirigen paseos o excursiones dominicales por las cercanías de la capital. […] Los caminos de hierro (que todavía no han recibido entre nosotros las aplicaciones más usuales) conducen a los excursionistas a mitad de los precios de tarifa.
Los lectores de la «Revista parisién» de El Imparcial del 21 de marzo de 1868 se enteran de que desde el país vecino salen «muchos escursionistas a Nápoles y Roma», y los de las «Cartas parisienses» de La Ilustración Española y Americana del 8 de septiembre de 1874 pueden leer que «todas las costas de Normandía están muy animadas, y los caminos que serpentean a lo largo de sus pintorescos festones se ven cuajados de excursionistas a pie, en coche y a caballo», etcétera.
En realidad, excursionista no es propiamente ni un anglicismo ni un galicismo (menos un catalanismo, suponiendo que la palabra catalana se hubiera usado antes que la española, algo que ciertamente no ocurrió). Es un buen ejemplo de lo que podemos llamar creación inducida o calco: una formación española a base del sustantivo excursión y el sufijo -ista, sobre el modelo, eso sí, de las lenguas que ya tenían previamente en su léxico el correspondiente cognado, caso del inglés (excursionist) y del francés (excursionniste), lenguas que, de manera alternativa o simultánea, actúan más como inductoras que como prestamistas.
Parece clara esa directa influencia foránea en muchas de las primeras apariciones del neologismo (aunque no en todas: ahí están, por ejemplo, los citados textos de Samper en 1862); el cual, llegado un momento, surge ya de modo espontáneo. Según La Ilustración Española y Americana (30 de julio de 1879) «numerosos excursionistas» «abandonan las provincias castellanas, en busca de más benéfica temperatura, en los meses de Julio y Agosto», encaminándose a las provincias vascas. Recuérdese también que paralelamente al desarrollo de la Associació Catalanista d’Excursions Científiques se produjo el de la Institución Libre de Enseñanza, que concedió gran importancia pedagógica a las excursiones; y véase al respecto lo que escribía Joaquín Costa en 1880, en el Boletín de dicha Institución:
Uno de los resultados más positivos de las excursiones practicadas por los alumnos de la Institución […] es el de acostumbrar a aquellos a objetivar su pensamiento […]. Los excursionistas, a seguida de cada excursión, redactan un informe acerca de lo que han visto y se les ha explicado en ella, y lo entregan al profesor que la dirigió para su corrección.
Queda claro, pues, que cuando el diccionario académico recogió en 1925 la palabra excursionista, esta ya tenía en español casi tres cuartos de siglo de vida a sus espaldas. Hay que ser comprensivos, lo sabemos, con las difíciles condiciones en que Corominas redactó por vez primera su diccionario etimológico castellano, y en atención a ellas se han de juzgar con benevolencia las carencias documentales que lo afligen. Sea. Pero lo grave, más que en las carencias mismas, está en la soltura con que se asumieron, en el hecho de que no se dudara en asentar un diccionario etimológico sobre mimbres históricos que podían ser muy frágiles. Nunca se insistirá lo suficiente en lo que arriesgan quienes consultan esa obra —y aún son muchos— como si de un diccionario histórico se tratara. Y hay que señalar asimismo que la información, en el punto al que nos referimos, apenas mejoró en la segunda edición, hecha en condiciones que ya no tenían por qué ser las mismas de los años cuarenta y cincuenta, ni suscitar, por ende, similar indulgencia. Para afinar tan solo un poco más algunas dataciones bastaba con haber prestado atención a lo aportado entre medias por diversas publicaciones filológicas, pero buena parte de ellas se desdeñaron enteramente. Así, por ejemplo, en 1967 Ralph de Gorog le había brindado a Corominas en la revista Hispania una lista de antedataciones procedentes de varios diccionarios no académicos, y ahí podía haber visto al menos —puestos a no acudir a los diccionarios mismos, lo que tampoco hubiera requerido esfuerzos heroicos— que excursionista estaba ya en el Pequeño Larousse (1912) de Miguel de Toro y Gisbert. Claro que ese pequeño adelanto de trece años en la datación —de 1925 a 1912— no habría servido para modificar la visión catalanocéntrica del caso. Y es que lo determinante es la documentación real de uso, que, ocioso es decirlo, no la brindan los diccionarios sino los textos, los cuales normalmente y por principio preceden a aquellos, a veces en muchos años. Es disculpable no conocerlos, no tener fácil acceso a ellos; no lo es tanto dar por sentado, alegremente, que tal desconocimiento equivale a su inexistencia.