Literatura
Por Marisa Freire
Hoy hace exactamente un siglo que el paulista Diario Español nos anunciaba lo muy adelantada que iba la reforma del calendario: con suerte, en 1913 comenzaría a regir en toda la cristiandad. La Iglesia católica estaba en ello. Aparte del consabido desfase del gregoriano, la idea era no tener que cambiar de agenda; el año estaría formado por cuatro trimestres de 91 días, a los que habría que añadir el Día de Año Nuevo, que sería un día especial, no sujeto a la ordinariez de la semana: al 31 de diciembre, que siempre sería sábado, seguiría el Día de Año Nuevo, y a este el domingo —¡siempre domingo, viva!— 1 de enero. Marzo, junio, septiembre y diciembre tendrían 31 días; el resto de los meses, 30. Los demás detalles, que no son pocos, van cuidadosamente explicados en un largo artículo de ese miércoles, 12 de junio de 1912.
¿Que qué pasó con aquella propuesta? Pues ahí se quedó. El lector curioso podrá descubrir otras de tono similar, a lo largo de ese año, en las hemerotecas digitales del ABC o de La Vanguardia, donde se da cuenta de extenuantes reuniones y congresos.
Pero estamos con el Diario Español y con el 12 de junio de 1912, fecha en que se manifiestan en Buenos Aires los vendedores de periódicos, «indignados contra el proyecto presentado a la Cámara por el diputado Agote, en que se establece que no pueden dedicarse a la venta de periódicos personas menores de 15 años». Toda la prensa, faltaría más, se opone al proyecto; y se deshace en elogios hacia los valientes, infatigables niños que llueva o haga sol etcétera etcétera. Además, Tokio informa de una huelga de leprosos en el hospital de Kameyamo; en Laval, una vieja oculta durante dos meses el cadáver de su hermana para ahorrarse el entierro; y, ya en la madre patria, hay que ver qué riña tan sangrienta se ha montado en la casa de lenocinio «La Pepilla», sita en Alcira.
Por lo demás, el 12 de junio de 1912 es un día feliz para las letras hispánicas:
Pérez Galdós recupera la vista
Madrid. Después de repetidos exámenes médicos, quedó comprobado que el eminente literato señor Benito Pérez Galdós recobró totalmente la vista.
El enfermo, sin embargo, tendrá que someterse a un régimen para los sucesivos trabajos.
Esa noticia ha sido recibida en todas partes con extraordinario júbilo.
El ilustre escritor ha recibido innúmeros telegramas de felicitación, tanto de la península como del extranjero.
Galdós —acerca de cuya ceguera existe en la red un interesante artículo del doctor Manuel Herrera Hernández, que nos informa de lo que sigue— había sido operado de una catarata en el ojo derecho a finales de mayo; de eso mismo, pero en el ojo izquierdo, lo habían intervenido el año anterior. Y no, no llegó a recobrar totalmente la vista, a pesar de que más de un periódico animoso lo anunciara a toda página. Pero no estamos a eso ahora, sino a la noticia del Diario Español, donde son un enigma esos «sucesivos trabajos», se entiende que de rehabilitación, y el régimen no menos misterioso que llevan consigo.
Observen, por otro lado, la distribución del texto, cuatro frases en cuatro párrafos, y el extraño demostrativo con que se inicia el tercero: si no fuéramos personas de bien —biempensantes, digamos—, dudaríamos si el júbilo general se debe a la recuperación, al régimen o a los trabajos.
En fin: lo mejor de la noticia es el final. Repárese, por favor, en la peninsular torpeza —¿o en la sibilina maldad?— del último párrafo, que parece negarle al escritor palmense un mísero telegrama de felicitación de sus propios paisanos…