PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Matute es nombre de pueblo poco representado en el nomenclátor poblacional hispano. Si de algo nos suena a la comunidad hispanohablante es por el apellido de la célebre novelista y académica Ana María, o por el nombre del guardia que cuidaba el callejón en la versión hispana de Don Gato, la serie de dibujos animados creada hace justo medio siglo. No me consta que haya Matutes americanos (seguramente podrán los lectores desmentir esta afirmación), pero en España sí hay un Matute en La Rioja, un Vegas de Matute en Segovia y, a falta de uno, dos, en una provincia que limita con las citadas, Soria, donde encontramos en el mapa un Matute de Almazán y un Matute de la Sierra. El topónimo no se sabe a ciencia cierta de dónde procede. Una mención del siglo xiii denomina a este último pueblo como Matud, lo que ha servido a algún filólogo para proponer una derivación del latín magis tutum, literalmente, ‘más seguro’. Desde luego, no es seguridad la que nos da la hipótesis, por forzada, lo que nos hace recordar el procedimiento que seguía Isidoro de Sevilla (o de León, o de Cartagena) en sus Etimologías, todo un dechado de imaginación e inagotable cantera de análisis para los medievalistas de todos los tiempos. Son los tiempos otros, pero raro es que, a estas alturas, nadie haya relacionado el topónimo con el célebre juego de naipes en que se cantan las cuarenta.
Al segundo de los Matutes sorianos nos vamos a referir, porque en la comarca de la Sierra de esta última provincia se produce una de las densidades de patrimonio románico más ricas de la misma. Pedraza de Soria, Segoviela, Cuéllar de la Sierra, Buitrago, Aylloncillo, Fuentelsaz de Soria, Sepúlveda de la Sierra, Aldealseñor, Aldealices, Portelárbol, Pinilla de Caradueña, Cubo de la Sierra, La Rubia… constituyen este mosaico de pueblos, prácticamente todos, a día de hoy, dotados de una iglesita parroquial de origen románico, conservada en una buena parte o en su integridad. Lo único que le falta para ser un parque temático de este estilo es precisamente la artificialidad, el cartón-piedra y el derroche que los acompaña. Es de notar, también, que más de media docena de estos topónimos sorianos nos hablan de primitivas pueblas de gentes venidas de las vecinas tierras de Segovia (que cuenta con pueblos llamados Pedraza, Cuéllar, Ayllón, Sepúlveda, Pinilla; antaño Buitrago o Fuente el Saz, hoy pertenecientes a la provincia de Madrid, fueron segovianas) a lo largo del siglo xii. El tamaño minúsculo de los pueblos, su consiguiente templo pequeñín, la cercanía entre ellos, etc. remiten a un modelo de repoblación prácticamente familiar, en que se buscaba la cercanía, que era protección, y la disposición de unas tierras suficientes para vivir. Nada más atrajo a las gentes que en su día se encargaron de esmaltar de vida esta comarca. Un impulso y un pulso poblacional que parece que ha dejado de latir. Matute de la Sierra hace unos años llegó a estar despoblado de facto. Nadie dormía ya en invierno. Todos marcharon. Bueno, todos no.
El Matute se dio en llamar al perro que se negó a abandonar el pueblo de Matute de la Sierra cuando ya se fue el último vecino, un can grande, sin raza definida. Ahí permaneció, cuidando el pueblo (nos dicen hoy los oriundos), y esperando que pasara la travesía del desierto. Fue pasando, y debió ser duro, con los inviernos que allí se gastan. Vecinos que se habían mudado a pueblos cercanos le daban de comer, cuando volvían a ver la progresiva ruina. Fue perro colectivo, y alimentarlo fue un acto esperanzado. Resistió el Matute al derrumbe de la antigua escuela (sin niños hacía mucho), de la fragua (cuyo fuelle perdió el aliento años ha), al expolio de la iglesia… asistió al fin del pueblo. Luego, poco a poco, la gente fue reconstruyendo y arreglando casas, volviendo el fin de semana, y hoy Matute es un pueblo bien bonito, habitado (no mucho, pero habitado), y con una Asociación de Amigos del Románico de Matute de la Sierra que organiza cada verano una Semana Cultural, con conferencias, conciertos y actividades en el interior de la iglesia románica de Santa Coloma, su parroquia.
Una historia bien bonita la de Matute, pueblo y perro. Este porque se niega a abandonar a su suerte a su «dueño», aun cuando este sea un despoblado, ya muerto. Y queda velando. Aquel porque ha resistido el embate de los tiempos. Recuerda a otros relatos protagonizados por estos simpáticos animales, tan amigos del ser humano, que aparecen en la prensa de vez en cuando. Por algo el perrito fue símbolo de la fidelidad, profusamente representado en el arte. El Matute, animal, ya murió. Pero queda el pueblo, con vida y con memoria, un pueblo que nunca quedó solo.