LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Es bien conocida la pasión que por su lengua tenía el gran Corominas, y también lo es que esa pasión le condujo, cuando redactó su diccionario etimológico castellano, a descubrir catalanismos por todas partes. Muchas veces, sin embargo, la visión desenfocada no dimanaba (o no dimanaba solo) de tal pasión, sino del mero hecho de que disponía de una más rica información histórica sobre su lengua que sobre la española. O, en ocasiones —y para decirlo todo—, de que su desinformación sobre esta última era sencillamente dramática.
Examinemos el caso de la palabra excursionista. Para datarla en español no disponía don Joan más que del diccionario de la Academia; y así, ofrece como primera documentación «Acad. 1925 o 1936». No se entiende muy bien el porqué de esa duplicidad de fechas, cuando lo cierto es que excursionista ingresa, efectivamente, en el primero de esos dos diccionarios aludidos, el de 1925. Pues bien, lo que más interesa es lo que nos dice a continuación: que el vocablo fue «tomado del catalán, donde está en uso antes de 1878», fecha, agrega en nota, en que «empezó a publicarse en Barcelona L’Excursionista, boletín mensual de la Associació Catalanista d’Excursions Científiques».
Tampoco es que la documentación catalana de la voz —el título de una revista— fuera muy recóndita. Pero lo curioso es que Corominas no deje de dar por supuesto que en catalán excursionista estaría «en uso» (poco o mucho) antes de la aparición de dicho boletín y en cambio no parezca pasársele por la cabeza la posibilidad de que el equivalente castellano se usara también antes de que la Academia lo recogiera en 1925. Cuando lo cierto es que en efecto se usó antes. Y no algo antes, por añadidura, sino en este caso, y como veremos, mucho antes.
Es comprensible que Corominas se sintiera orgulloso del notable y temprano desarrollo que, ciertamente, había tenido en su tierra la afición al excursionismo, afición que, por lo demás, el propio filólogo cultivaba. Pero esa clase de sentimientos no pueden arrastrar al investigador hasta el punto de que resulte empañada su visión de los hechos lingüísticos. Quiero decir con ello que es perfectamente posible que Cataluña se anticipara al resto de España en un cierto desarrollo organizado del excursionismo como práctica social y que sin embargo la palabra misma excursionista surgiera antes en castellano que en catalán, que es lo que en verdad ocurrió.
Antes de ocuparnos de ella hemos de decir algo, como es natural, de aquella otra de la que deriva, excursión. En la lengua antigua tuvo este latinismo, entre otros, un sentido jurídico que ya recoge el Diccionario de autoridades y que aquí, por simplificar la explicación, dejaré al margen. Junto a él aparece en el primer repertorio académico este otro: «Se halla algunas veces por correría o entrada en País ajeno y enemigo con gente armada, corriendo y assolando la tierra»; excursion valía, por tanto, ‘incursión o correría hostil’, y ese valor lo ilustra Autoridades con un texto de El governador christiano (1612) de fray Juan Márquez: «todas estas excursiones se hazían con fin de congraciarse con el Rey, sin zelo de paz, igualdad o justicia» (un poco más arriba las ha llamado «correrías»). Pues bien, poco a poco las posibilidades de aplicación de la palabra se irán ampliando, más allá del ámbito bélico; y así, a finales del xvii encontramos referencias a unas «Apostólicas excursiones» (Francisco de Florencia, Historia de la provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España, 1694) o a «salidas y excursiones espirituales» (El missionero instruido, del padre Miguel Ángel Pascual, 1698), y cuando el también jesuita José Francisco de Isla hable en una carta de 1758 de «una misioncita de doce o catorce días» que ha de hacer, también la llamará «excursión». Pronto la palabra sirve para referirse a un viaje, generalmente —pero no necesariamente— breve, de carácter científico o con cualquier propósito de estudio: José Celestino Mutis habla de sus «excursiones botánicas» (1764) y los hermanos Mohedano de la necesidad de «excursiones literarias» (1766). La culminación del proceso llega con el viaje de puro recreo o por placer, y la vemos alcanzada con, entre otras, dos de las figuras que en el mundo hispánico más tempranamente practican lo que más adelante se llamará turismo. Me refiero a Francisco de Miranda, quien, estando de viaje por Estados Unidos, habla en su diario (1783) de «unos amigos que me hizieron el gusto de acompañarme en esta excursión»; y a Moratín, que en una carta a José Antonio Conde desde Pastrana le cuenta el 18 de julio de 1806 que, si remite algo el calor, podrá hacer «las proyectadas excursiones». El protagonista de El Evangelio en triunfo o Historia de un filósofo desengañado, de Pablo de Olavide, refiere por su parte que, junto con un amigo, «hacíamos también grandes excursiones en el campo y dábamos grandes y útiles paseos» (1798). Y es asimismo de fines del xviii la «Disertación sobre el arte de volar» (a1798) de Cosme Bueno, en la que leemos que con los globos aerostáticos «se han hecho algunos viajes i escursiones que han admirado la Francia i la Europa toda».
La evolución que hemos mostrado queda asimismo reflejada en los diccionarios. El de Terreros, antes de 1767, tras recoger el significado «irrupción en algún país enemigo», dice que la palabra «se acomoda también a un paseo que se da por una temporada, o a un viaje pequeño». El diccionario académico no se hace eco de esta acepción no belicosa hasta 1843, pero la define entonces muy escuetamente: «Correría, por viaje, etc.», lo que llevará a Domínguez (1846) a explicarla un poco más: «escursión: […] Correría, por viaje, diversión o distracción, etc.». Todo está listo para la aparición del derivado que designe a quien la realiza.