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Miércoles, 22 de junio de 2011

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CULTURA Y TRADICIONES

Que las suegras y las nueras siempre se quisieron mal (1)

Por Ignacio Ceballos Viro

De todas las enemistades que devotamente los hispanos han profesado, la de las suegras y las nueras es mi preferida. La prefiero por estar hoy menos trillada que el cainismo fratricida y la rabieta política, y también por la productividad literaria a que ha dado lugar. En canciones, coplas, romances, refranes y dichos sobrevive el testimonio de esta animadversión. Y puede parecernos simpática en cuanto ponga unos cuantos ejemplos, y recordarnos también algunas experiencias vitales cercanas, pero igualmente retrocederemos espantados al describir las terribles consecuencias que puede (o pudo) ocasionar en la ficción (o en la realidad).

Precisemos, antes de entrar en faena, que aunque Spain sigue queriendo «fardar» de different en muchas de sus cicatrices históricas, en esto de las suegras y las nueras no parece ser sino un epifenómeno más de una vasta tradición occidental, con sus causas sociológicas bien asentadas: la pauta de residencia que coloca bajo el mismo techo a dos mujeres desconocidas con situaciones de poder intersectas. Así, encontramos textos análogos a los que vamos a mencionar aquí en otras literaturas orales europeas.

Acerquémonos, con vuestro permiso, a cualquier provincia de España, y podremos oír cantos como el siguiente:

Cuando se muera mi suegra,
que la entierren boca abajo,
por que si quiere salir
que se meta más abajo.

(Cancionero popular de José Calles Vales)

O como éste:

Quisiera ver a mi suegra
metida en un avispero,
para decirle despacio
lo mucho que yo la quiero.

Y una coplilla más:

Para casarme, a tu madre
le he puesto una condición,
que si no muere pal año
la tiro por el balcón.

(Estas dos últimas recogidas en Cáceres por Valeriano Gutiérrez Macías).

Todas estas coplas dirigen sus dardos a las suegras, quienes parece que no han sabido o querido defenderse con las armas de la palabra. Pero si damos el salto al refranero comprobaremos que eso no es cierto. En efecto, junto a refranes de rancio abolengo como «Aquélla es biencasada que ni tiene suegra ni cuñada» o «Suegra, ninguna buena; hícela de azúcar y amargome; hícela de barro y descalabrome», del Vocabulario de refranes de Gonzalo Correas, damos con otros «del bando contrario»: «Arremangose mi nuera y volcó en el fuego la caldera» (Diccionario de refranes de J. Campos y A. Barella); «La nuera rogada, y la olla reposada» (Vocabulario de refranes de Correas).

No hace falta aclarar que el motivo de la disputa para la suegra suele ser la falta de diligencia de su nuera en las tareas domésticas…

Pero con los refranes también hallamos contraejemplos de lo dicho. Ya hace muchas décadas que el antropólogo Pitt Rivers explicó (no viene al caso detallarlo) la teoría de por qué para cada refrán parece existir su contrario ideológico, como «a quien madruga Dios le ayuda» frente a «no por mucho madrugar amanece más temprano». Y así es también en nuestro caso: «Los que no gozan de suegra, no gozan de cosa buena» y «La nuera rogada es bien recibida en casa» (de nuevo del Vocabulario de Correas).

Y con esa magistral concisión con la que nuestros refranes sugieren toda una historieta o una anécdota precedente, muchas generaciones castellanas, al ver el conflicto desde fuera, concluyeron: «La nuera por la suegra, cagáronse en la puerta» (Correas).

Hasta aquí, las risas. Dejo para dentro de unos días las narraciones violentas y trepidantes del romancero hispánico, al que los choques entre nueras y suegras le resultan tan fascinantes como a mí. Y para los que hoy burlan confiados con estas chanzas, sírvales de advertencia la que recopila Jesús Cantera en el Diccionario del refranero sefardí:

Nuera fuites, suegra serás; lo que ficiste te farán.

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