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Martes, 14 de junio de 2011

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ARTE / Claroscuro

Leocadia Zorrilla Galarza

Por Laura Rodríguez Peinado

Situada en el salón del piso inferior de la Quinta del Sordo, a la izquierda de la puerta de entrada, también se conoce esta pintura como La manola, en alusión a la indumentaria de la figura representada: vestido de talle alto y mantilla que le vela el rostro. Su actitud un tanto melancólica —se apoya sobre lo que parece un túmulo— unida al color de su traje, han llevado a identificarla con Leocadia Zorrilla Galarza —la mujer que compartió los últimos años de la vida del pintor— meditando ante una sepultura, quizás la del propio artista; el colega y amigo de Goya Antonio Brugada fue quien identificó la figura. No obstante, algún estudioso de la obra del pintor ha visto en ella a la duquesa de Alba, su amor de juventud.

Leocadia era hermanastra de Juana Galarza, madre de Gumersinda Goicoechea, esposa del hijo pequeño de Goya, Javier, en cuya boda nuestra protagonista conoció al pintor. Casada en 1807 con el joyero Isidoro Weiss y Alonso, de esta unión nacieron tres hijos: Joaquín, Pedro Guillermo y M.ª del Rosario. En 1811 el matrimonio sufrió una crisis, a la que quizá contribuyó su precaria situación económica, consecuencia de la ruina del negocio de joyería del marido; éste acusó a Leocadia de adulterio, y volvió a hacerlo un año después, aunque, cuando en 1814 nació Rosario, Isidoro Weiss reconoció su paternidad.

La convivencia entre Goya y la joven, al menos desde la muerte de su esposa Josefa Bayeu en 1812, ha inducido a pensar en una relación amorosa entre ambos, y se le ha atribuido al pintor la paternidad de Rosarito, apoyándose en el gran afecto que profesó a quien llamaba cariñosamente Mariquilla. Pero José Manuel Cruz Valdovinos ha puesto esta relación en cuestión: piensa que Goya acogería a Leocadia en su casa por razones económicas, dada la penuria en que estaba la familia tras la quiebra de su negocio de joyería, por lo que pudo hacer las funciones de ama de llaves; además, en su testamento el pintor no dejó nada a Leocadia ni a Rosarito, a pesar de que ambas, junto a Guillermo, otro de los hijos de la mujer, le acompañaron a Francia y estuvieron con él hasta el fin de sus días.

Independientemente de la relación que mantuvieran, parece claro que la convivencia con una mujer cuarenta y dos años más joven que él influyó en su ánimo, y por ello aparece como una de las principales protagonistas en las pinturas del piso bajo de la Quinta; en ellas Goya mantiene un discurso en el que reflexiona sobre la vida y la muerte, aferrándose a la primera animado por la lozanía y juventud de su compañera, con la que compartía también sus ideas liberales.

Cuando en 1828 murió el pintor, la situación de Leocadia se hizo muy precaria y se vio obligada a pedir ayuda; entonces se acordó de un tal Mr. Hoogen, alemán que frecuentaba la casa de los Weiss cuando los negocios funcionaban mal y quién sabe si el amante por el que su marido la acusó de infidelidad.

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