Ciencia Y TÉcnica
Por Andrés Carrobles
A ustedes les dicen Dvořák y ustedes piensan, de inmediato, en la Sinfonía del Nuevo Mundo. Esto es así y no pasa nada. Incluso si les dicen Dvorak, sin fonemas eslavos, sin virgulillas incómodas, ustedes piensan en la Sinfonía del Nuevo Mundo. No importa. Ahora bien: a ustedes les dicen Qwerty y ya la cosa cambia; incluso alguno de ustedes pensará: «Ah, sí, sí: Qwerty y Dvorak». Y entonces se acabó la sinfonía checa.
Por si todavía no caen, miren bien el teclado de su ordenador. Ahí lo tienen: su teclado se llama Qwerty por culpa de (o gracias a) las seis primeras letras de la primera línea, empezando por la izquierda. Y su diseño y su patente —esto ya no es tan conocido— se deben a Christopher Sholes, quien, tras varios ensayos, dio con una distribución de signos que permitiera utilizar con solvencia las dos manos y, sobre todo, que fuera capaz de evitar que los martillos (hablamos de la segunda mitad del xix, es decir, de máquinas de escribir antiguas) chocaran y se atascaran cada dos por tres.
Seguro que alguna vez han escrito desde un teclado sin eñes ni signos de interrogación y admiración iniciales, o en el que no encontraban las tildes. Y sin duda habrán tenido que vérselas, quizá de viaje por Francia o Alemania, con algún teclado en el que algunas letras no estaban donde ustedes esperaban encontrárselas. Se habrán sorprendido entonces de descubrir la q donde debía estar la a y viceversa, o de que la z apareciera, de repente, en el lugar de la y. Claro: es que se trata de teclados Azerty y Qwertz respectivamente, pequeñas variaciones basadas en cálculos estadísticos sobre ese Qwerty que la mayoría utiliza.
Pero ya se ha dicho que hay otros teclados. El más famoso entre los alternativos es, sin lugar a dudas, el Dvorak, patentado en 1936 por August Dvorak y William Dealey con la intención de resolver ciertos inconvenientes del Qwerty, relativos a la velocidad y la armonía en las pulsaciones. Las guerras entre los partidarios de ambos sistemas han desatado ríos de tinta: se habla de ventajas ergonómicas, de estrategias de mercado, de récords Guinness, de factores de resistencia, de cuentos chinos.
Mucho menos conocido que el Dvorak es el revolucionario teclado Mynscz, ideado por el murciano Luis G. Tortosa (1911-1949), primero de nuestra lista de infelices pulidores hispánicos.
Tortosa había nacido, como Isaac Peral, en Cartagena. Comenzó sus estudios superiores en la Facultad de Medicina de la Universidad de Murcia, durante el largo rectorado de José Loustau; muy pronto, a finales de 1929, con la dictadura de Primo de Rivera ya tambaleante, el joven abandona su ciudad natal para trasladarse con su madre, gravemente enferma, a Barcelona. No volvería a pisar la universidad.
Comienza a trabajar en la flamante fábrica de Olivetti, recién instalada en la Vía Laietana barcelonesa. Allí asiste al final de la dictadura y a la proclamación de la república; en 1933, después de contemplar máquinas de escribir durante casi cuatro años, comienza a pensar en la conveniencia de una distribución alternativa de los signos en el teclado. Estudia la frecuencia de las letras en español, se interesa por la fisiología de la mano; trabaja lentamente en un modelo que conjugue velocidad y armonía. Desde un año antes, Dvorak y Dealey llevaban a cabo algo similar entre Washington y Texas.
En 1936, Tortosa tiene listo su prototipo; en él, todas las vocales se sitúan en la fila central, mientras que las letras menos frecuentes, como la w, la k, la x o la j, se colocan en la inferior, para hacer menos esfuerzo —es decir: para mover menos la mano— al teclear. El estallido de la Guerra Civil le impide patentar la máquina; se alista en el bando republicano y durante un tiempo parece que olvida su proyecto. En 1940 es encarcelado y condenado a muerte, pena que le será conmutada poco después gracias a las relaciones de varios miembros de su familia materna con el régimen franquista.
En 1947 sale de la cárcel. En esa época, en Portugal era mayoritario un nuevo teclado: el Hcesar, que se había introducido por decreto a comienzos del salazarismo y que también se vendería en España. Animado por la aparición de otras alternativas al Qwerty, Tortosa vuelve a trabajar en su modelo y, tras varios retoques, consigue, con la ayuda de un hermano de su madre, patentar el Mynscz. Lleva en la fila superior las letras mynsczpgv, las comillas y los paréntesis; en la central, odatrebilu, los puntos, las comas y las tildes; en la inferior, fwkñxjhq y los signos de interrogación y exclamación.
Pero la máquina pasa completamente inadvertida, quizá debido a la influencia de la Hispano-Olivetti, ya entonces muy difícil de sustituir en los gustos de los (pocos) compradores potenciales españoles. Por otra parte, tal vez el nombre del prototipo, tan cacofónico como poco hispánico, fuera un motivo más de resistencia para el público. Quién sabe. Lo cierto es que apenas se vendieron cincuenta máquinas de escribir Mynscz entre 1948 y 1951, año en que el modelo, hoy pieza de coleccionista, dejó de fabricarse; para entonces, Tortosa, pulidor de la mecanografía, ya había muerto.